martes, 26 de abril de 2011

El Palacio de Gallardón

MENTIRÍA SI DIJERA que no me gusta cómo ha quedado el reformado Palacio de Cibeles. Se nota que los madrileños, a través de Gallardón, han metido allí mucho dinero (la oposición habla de más de 500 millones de euros), y no es de extrañar , por tanto, que el antiguo Palacio de Comunicaciones se haya convertido en una de las atracciones de Madrid. Una obra "bonita", moderna, luminosa, con una renovación bien ejecutada a cargo de Arquimática, el grupo de autores ganador del concurso, que ha sacado lustre y devuelto esplendor al gran edificio diseñado en su día por Antonio Palacios y Joaquín Otamendi como sede para la Sociedad de Correos y Telégrafos de España.

Claro, que entiendo también las quejas de la oposición al asegurar que esta rehabilitación supone un gasto "innecesario y suntuoso" que no era prioritario para las necesidades de los madrileños. En las actuales circunstancias económicas, trasladar la sede de la Alcaldía a Cibeles, además de la Vicealcaldía y los departamentos de Las Artes y Seguridad y Movilidad es un riesgo que las maltrechas arcas municipales difícilmente pueden soportar. Cómo será la cosa que hasta la propia Esperanza Aguirre, tan poco comedida a la hora de meter el dedo en el ojo de su amigo Gallardón, siempre que no sea época electoral, llegó a calificar la reforma de "obrón" además de criticar tal dispendio.

Apostar por Cibeles supone, sin duda, recortar inversiones, tan necesarias o más que ésta, en una ciudad con graves carencias en materia, por ejemplo, de equipamientos sociales, deportivos y culturales. Es cierto que Madrid gana, y gana para siempre, un nuevo e innovador espacio cultural, bautizado con el redundante nombre de CentroCentro en pleno "Paseo del Arte".

A todo el mundo le gusta lo bueno, qué duda cabe. La cuestión es si los madrileños, sus hijos y nietos, que son al fin y al cabo los que pagaran la obra durante años, se lo pueden permitir. Ojalá que la deuda no nos amargue la fiesta y no acabe empañeciendo el brillo del nuevo icono de Madrid.

miércoles, 6 de abril de 2011

La decisión de Zapatero

1. Zapatero hace lo que debe. Dueño de su destino, el secretario general del PSOE ha optado por dar paso a un nuevo liderazgo. Quién sabe si con alguna menor dosis de personalismo y un ideario económico que distinga mejor al socialismo de la derecha. Un nuevo tiempo para después de la crisis, con otro escenario, otra cara y otras políticas que le hagan recuperar la confianza perdida. La jugada tiene sus riesgos pero, tal y como está el patio, no parece que sea la peor de las opciones. Creo que de esta forma Zapatero recupera parte de su prestigio perdido y se evita un innecesario y agónico final tras haberse achicharrado con la crisis. Claro que, puestos a pedir, tampoco hubiera estado mal que si, como se dice, lo sabía desde el primer día, lo hubiera anunciado al principio.


2. Presidente interino. Zapatero está perfectamente legitimado para agotar la legislatura y no sólo eso, dispone de una mayoría parlamentaria suficiente, que no es poco. Otra cosa distinta es que el PP pretenda descabalgarle antes de tiempo reclamando unas elecciones anticipadas que tan solo evidencian la ansiedad que tienen por tomar el Palacio de la Moncloa. Una cosa son los avatares internos de un partido político y otra bien distinta, aunque relacionada, la representación institucional. Ni la maquinaria gubernamental ni la acción de gobierno se van a resentir gravemente porque el presidente permanezca en su puesto un año más, justo hasta el día que quisieron los electores pese a haber anunciado que no repite como candidato.


3. La "generosidad" del PP. Hiciera lo que hiciera, era evidente que a Zapatero le iban a llover los palos desde el principal partido de la oposición. El PP ha salido en tromba contra el anuncio y si hubiera que medir la decisión en función de la reacción que han tenido cabría colegir que es una mala noticia para los populares. Se ponga como se ponga el PP, digan lo que digan en público, este nuevo escenario altera los planes y les obliga a cambiar el discurso. Incluso diría que les ha descolocado. Ya sé que la generosidad no abunda en política, pero tampoco habría estado mal que se evitaran ciertos excesos verbales y se prodigaran con algo más de elegancia en las reacciones.


4. Primarias talismán. No es lo mismo perder por goleada que perder por la mínima. No es lo mismo una derrota estrepitosa que una dulce derrota, de esas que te permiten salir con la cabeza alta y remontar en el partido de vuelta. Me permito utilizar este símil deportivo para señalar que las primarias, por sí mismas, pueden tener un efecto revitalizador en una militancia acomplejada y, de alguna manera, enderezar un rumbo electoral para minimizar los efectos de la debacle. Aún así, se diga lo que se diga, el debate sucesorio será inevitable en plena campaña del 22-M. Las primarias, de paso, pueden aflorar la "vena anarquista" de la militancia socialista que en más de una ocasión ha votado en contra del candidato sugerido, o impuesto, por la dirección. Algunos hablan ya de un posible ticket conjunto de Rubalcaba y Chacón que impida la inevitable lucha de las primarias, y tampoco parece mala opción. La democracia interna está muy bien pero tiene también algún riesgo.


5. Acotación final. No deja de sorprender la alborozada dosis de optimismo con la que algunos preclaros socialistas han recibido el anuncio de Zapatero. Es como si estuvieran deseando su marcha desde hace tiempo y no lo han podido disimular.