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Botella, alcaldesa

(Foto: EFE)


COMENZARÉ POR DECIR que Ana Botella me parece una persona respetable. Tanto como cualquier otra. En otras palabras, que, aunque no estoy de acuerdo sobre su forma de acceder al primer escalafón de la alcaldía ni con su perfil ideológico, no albergo ningún prejuicio hacia ella.
Llegó a la política como la mujer de y, hasta que no consiga quitarse ese sambenito de ex primera dama no podrá volar por su cuenta y sin las ataduras de sus padrinos políticos. Diré, en su favor, que los votantes que en las últimas elecciones municipales escogieron la papeleta del PP sabían perfectamente, campanas al menos habrían oído, que Alberto Ruiz-Gallardón acabaría dando el salto a la política nacional. Así ha sido y a nadie puede extrañar. Era, como quien dice, un secreto a voces, y nadie puede llamarse a engaño. Bien.

Lo que trato de explicar es  que el pecado original está en esa decisión de Gallardón y no en Botella, por más que ambos hechos estén íntimamente relacionados. Resulta mucho más fácil criticar a la nueva alcaldesa, la parte más débil, y obviar que su encumbramiento en el Palacio de Cibeles no habría tenido lugar si Alberto Ruiz-Gallardón, la parte más fuerte, no hubiera roto el contrato por cuatro años que firmó el 22-M.

La jugada del flamante ministro de Justicia es legítima; sin duda lo es, pero no es menos cierto que Gallardón debería haber ofrecido alguna explicación, antes o después de sentarse en el sillón del Consejo de Ministros. Despedirse a la francesa, como si aquí no hubiera pasado nada, es poco elegante, además de impropio de un político de su talla. Tampoco era cuestión de flagelarse junto a la Cibeles sino, lisa y llanamente, de brindar una aclaración al pueblo madrileño al que “abandona” tan solo siete meses después del encargo recibido en las urnas.

Dicho lo cual, volvamos a Botella. Su primer reto será reinventarse. Adquirir una identidad propia, consciente, como es, de que en la comparación con su antecesor sale perdiendo. Claro que en ningún sitio está escrito que no pueda aprender y rápido sin necesidad de acudir a un cursillo acelerado de alcaldesa tipo CCC. Esperanza Aguirre entró en la Puerta del Sol con imagen de “tontita” y, sin embargo, nadie podrá decir que sus apariciones públicas de hoy se parecen lo más mínimo a las de entonces. Cada uno tiene sus propios dones y carencias, pero si Botella se mira en el espejo de su amiga Aguirre podrá comprobar que la política también es marketing y que, como todo en la vida, se puede aprender y mejorar.
El personaje Botella, más allá de determinados simplismos, como el de las famosas “peras y manzanas” o el no menos celebrado de las “gaviotas reidoras” está por redefinir. Muy fuerte se tiene que ver el PP de Rajoy, y motivos no le faltan, para arriesgarse a optar por ella como alcaldesa. La jugada tiene sus riesgos. Es cierto también que nunca antes el PSOE municipal lo había tenido mejor para desalojar al PP del Ayuntamiento. En la bolsa de valores municipal se cotizan al alza las acciones del socialista Jaime Lissavetzky, si bien, cometería un error de bulto si pensara que en 2015 lo va a tener infinitamente mejor. Más fácil, por supuesto que sí, pero sin olvidar que la maquinaria electoral del PP es implacable y que los votantes de la derecha nunca titubean a la hora de elegir. Álvarez del Manzano, por citar un ejemplo, fue un alcalde sin buena prensa y, sin embargo, ganó por mayoría absoluta hasta que el "dedazo" de Aznar eligió, contra todo pronóstico, a Gallardón.

Botella es como es. No es, por supuesto, la heroína política que tan empalagosamente dibujan sus medios más próximos, con esa pátina de aparente estadista que le han puesto, pero tampoco un irremediable desastre. De momento, y atendiendo a la cortesía política, le daremos los cien días de rigor antes de crucificarla. Por sus hechos la conoceréis.


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El mendigo que molestaba

11 DE LA MAÑANA. Cine Capitol, en plena Gran Vía madrileña. Numerosos periodistas aguardan la llegada de Esperanza Aguirre para obtener alguna declaración antes de presentar la V edición de "Mayores de Cine". En un momento dado, alguien, posiblemente del equipo de seguridad de la presidenta madrileña, detecta la presencia de un mendigo junto a las escaleras de acceso al cine y alerta a la Policía. A los pocos minutos, y en un plan bastante peliculero, excesivo a todas luces, llegan dos policías de paisano en un vehículo camuflado. El coche policial, que circula a toda pastilla como si acudiera a un tiroteo, da un volantazo, atraviesa de un lado a otro la Gran Vía por medio de la calle y se planta frente al Capitol. Se nota que son ellos los que mandan porque lo dejan con el morro mirando hacia la Plaza de España y en el carril bus en el sentido contrario de la marcha.

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