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LO CONFIESO, YO también he sucumbido, es cierto que con algo de retraso, ante el atípico personaje interpretado por la actriz Sofia Helin(Örebro, Suecia. 1972) en la serie sueco-danesa Brön/Broen (El puente). En su papel de policía de Malmö, Saga Norén ha dejado una imborrable huella en el muy exigente mundo televisivo que perdurará durante mucho tiempo por su fascinación y singularidad. No soy experto, pero esta es mi impresión como mero espectador.
La historia de este ‘nordic noir’ es bien conocida y arranca de una forma sencillamente magistral: un cadáver seccionado por el tronco aparece en mitad del puente que une Malmö con la capital danesa. El torso está en un país y las piernas en el otro, lo que obliga a intervenir a un policía de cada extremo del puente de Oresund.
De cintura para arriba, el cadáver pertenece a la jurisdicción de Suecia; de cintura para abajo, al departamento de homicidios danés. Y a partir de ahí una vertiginosa historia donde lo que cuenta es la investigación policial y sus personajes, que es lo fundamental, sin que la ambientación de los paisajes o ciudades interfiera o distraiga de lo esencial.
Al principio, el personaje de Saga me resultó desconcertante. Sin embargo, con el paso de los capítulos y temporadas quedé irresistiblemente atrapado con el magnetismo de su inquietante y ‘enfermiza’ personalidad. Las dificultades para relacionarse con los demás, fruto de su síndrome de Asperger y de una infancia terrible; la falta de tacto para mostrar empatía por las acciones o comentarios de sus compañeros o de las personas a las que investiga; la crudeza a la hora de manifestar una opinión; su solitaria personalidad, ajena por completo a las normas y convencionalismos sociales; todas estas circunstancias la convierten en un personaje singularmente atractivo.
Saga nunca sonríe, por más que a veces lo intente. Es una persona fría, incapaz de edulcorar sus palabras con las sutilezas del ‘lenguaje políticamente correcto’. Tampoco sabe lo que son las habilidades sociales, aunque en ocasiones se esfuerza leyendo libros de autoayuda, para ella o para los demás, y trata de ser más flexible en su exasperante corrección y rigidez.
‘Torpe’ en la interacción personal, sigue las normas a rajatabla y no entiende las convenciones sociales. Sus ‘disparos’ de sinceridad son antológicos, tanto como las dificultades para entender el humor o el sarcasmo de sus compañeros policías. Siempre dice la verdad, según ella la entiende, sin que le importen las consecuencias.
Saga tiene además una enorme cicatriz en el labio superior, –fruto de un grave accidente de bicicleta del que le quedaron marcas permanentes en la cara–, con la que consigue romper cierto estereotipo femenino, no necesariamente nórdico, repetido hasta la saciedad y no solo en la televisión. Destaca igualmente su limitada gestualidad, que ni mucho menos provoca rechazo, más cuando, junto a su difícil presente, el espectador va conociendo que también tuvo un pasado doloroso.
Televisivamente nada vuelve a ser igual una vez que cruzas El puente y el personaje te atrapa. Saga…, extraña, vulnerable, fascinante Saga, tus desconsolados admiradores te echamos de menos.

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