COMO ES BIEN sabido, la intentona golpista del 23 de febrero de 1981 no fue un episodio aislado. Aquella asonada estuvo precedida de diversas conspiraciones y conjuras militares tras la muerte de Franco en 1975.
El descontento de algunos sectores del Ejército, manifestado en varios movimientos en busca de un «golpe de timón» −reunión de Játiva (1977), insubordinaciones y conflictos internos (1977-78), Operación Galaxia (1978), planes de asalto a la Moncloa del general Torres Rojas (1980), o la operación cívico-militar conocida como «solución Armada» (1979-81)−, describen aquel clima de tensión para subvertir el incipiente y accidentado camino a la democracia.
Dicho lo cual, resulta oportuno recordar que, como sostiene el catedrático de Historia Contemporánea (UCM) Jesús A. Martínez, durante el tiempo nuevo que se abrió, de aparente normalidad y consenso entre 1979 y 1981, «la democracia estuvo permanentemente amenazada, para retocarla, reformarla, cambiarla o acabar con ella». El objetivo indisimulado de los sectores conservadores −políticos, periodistas, empresarios, obispos y militares, inquietos por el rumbo del país− de dar un golpe de timón en nombre del rey, se venía manifestando desde las elecciones del 15 de junio de 1977.
Ahora, la necesaria desclasificación de los «documentos secretos del 23-F», aprobada en el Consejo de Ministros el 24 de febrero de 2026, ha devuelto al primer plano de la actualidad aquellos hechos.
También el recuerdo de algún precedente a manos de los insurrectos, tal y como relatamos en el libro Hotel Ritz. Un siglo en la historia de Madrid. Por aquella época, el personal del hotel tenía a su cargo la organización de los banquetes oficiales, no solo en el propio establecimiento, sino también en el exterior.
Y esto es lo que aconteció…
Como en todas las ocasiones que los camareros del Ritz acuden al Palacio Real, también debieron vestirse «a la federica» el 6 de enero de 1980 con motivo de la celebración de la Pascua Militar. Por aquellos días, hasta los propios empleados del hotel notaban la tensión que reinaba en el ambiente.
Era una sensación extraña, acrecentada por el hecho de que don Juan Carlos se retrasaba, en contra de lo que era habitual, para asistir a la recepción o, quizás, porque bastaba echar una mirada al patio interior del Palacio, utilizado como estacionamiento, para comprobar cómo los especialistas en explosivos de la Policía Nacional revisaban minuciosamente todos los coches oficiales en medio de una gran agitación.
Como el servicio se retrasaba, dos de los camareros se agazaparon en una de las habitaciones contiguas al Salón de Columnas para tomarse un refresco a escondidas. En esas estaban, con las luces apagadas, cuando de pronto escucharon de fondo las voces de tres personas. La breve conversación que mantuvieron fue la siguiente:
-«… Te digo que la situación es insostenible y que no podemos quedarnos cruzados de brazos más tiempo. Hay que actuar y pronto».
-«Ya, pero qué podemos hacer aparte de seguir insistiendo en los llamamientos a la unidad».
-«Yo creo que lo primero es informar al monarca y luego ya veremos…».
En ese momento uno de los asustados camareros debió de hacer algún inoportuno ruido que hizo desconfiar a los tres interlocutores. De inmediato se encendieron las luces del cuarto anejo apareciendo en escena nada menos que el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez, el vicepresidente para Asuntos de la Defensa, teniente general Gutiérrez Mellado, y el ministro de Defensa, Rodríguez Sahagún.
Los camareros mascullaron alguna disculpa ininteligible y salieron haciendo mutis por el foro.
Desayunos del Ritz
Todavía de aquella época, aunque con posterioridad al 23-F, dos episodios más. Sucedieron al hilo de los conocidos como Desayunos del Ritz, organizados en el hotel por un grupo de mujeres periodistas (Pilar Urbano, Consuelo Álvarez de Toledo, Julia Navarro, Raquel Heredia, y Charo Zarzalejos).
De «histórico» y «espectacular» llegó a calificar alguna de las periodistas del Ritz el encuentro que mantuvieron el día 5 de marzo de 1981 con el hombre que gobernó el país durante la tarde y noche del 23-F y la madrugada siguiente. Fue un desayuno en el que no se oyó ni una mosca. Las explicaciones ofrecidas en exclusiva por el director general de la Seguridad del Estado, Francisco Laína, fueron, sencillamente, apasionantes.
Un relato detallado, minucioso, fidelísimo y contado minuto a minuto: «Estoy oyendo por la Cadena SER la investidura de Calvo Sotelo. De pronto varios disparos que me parecen de pistola y dos ráfagas largas de metralleta… Entran varios colaboradores en mi despacho y les digo: creo que vamos a tener trabajo, muchachos. A las seis y veintialgo hablo con el Rey…».
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El 11 de marzo de 1981, Enrique Múgica protagonizó el que hacía el desayuno número 25 de la serie. Las periodistas «le tenían ganas», no en vano, su nombre había sido puesto en entredicho a propósito de la intentona golpista del 23-F.
El diputado socialista no sólo no se inmutó ante las invectivas de las informadoras, sino que dio buena cuenta del desayuno en un santiamén. Apenas tuvo tiempo de ingerir un croissant con mermelada, un suizo con mantequilla y un par de cafés con leche cuando las periodistas ya habían ido al grano: «Existe el rumor de que tú fuiste uno de los que alentaron en el general Armada la idea de un Gobierno de coalición presidido por él…».
Apenas sin turbarse por la carga de profundidad lanzada, Múgica explicó que «si pretenden tildarle de golpista porque un día almorzó en Lérida con el general y porque conoce a un buen puñado de militares, según esa lógica del absurdo, el primer golpista del país tenía que ser Rodríguez Sahagún porque los ha conocido a todos y como ministro de Defensa, o no se enteró de nada de lo que se estaba cociendo, de risa, o se enteró y no lo dijo, lo cual es más serio». «Todo esto es absurdo», concluyó el parlamentario del PSOE.
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Confiemos en que la desclasificación de los documentos reservados pueda resultar valiosa para los historiadores, más allá de que «el gran secreto del 23-F es que no hay ningún secreto; la verdad ya la sabemos, pero los bulos no van a terminar, porque son un negocio» −sostiene Javier Cercas, autor de Anatomía de un instante−.
Ya solo falta que el Gobierno pueda completar este ejercicio de transparencia aprobando la nueva Ley de Información Clasificada, cuyo borrador fue aprobado hace medio año. Y, entretanto, desbloquear el acceso a informaciones relevantes sobre el final del franquismo y la Transición −tramas ultras, guerra sucia contra ETA, asesinatos terroristas no esclarecidos−cuyo carácter secreto no parece tener mucho sentido en un democracia asentada.



















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