CON UN ESCUETO mensaje –“Esta preciosa aventura termina aquí. Gracias por acompañarnos»−, se ha despedido la cafetería Hontanares de su clientela. Otro clásico de la hostelería madrileña que se nos va, en este caso por la jubilación de uno de sus dueños. «Una decisión de común acuerdo entre las dos familias propietarias, que emprenden caminos y proyectos personales por separado tras años de colaboración estrecha», han publicado luego algunos de los medios que han ampliado la noticia.
Primero cerró en 2020 el local hermano de la Avenida de América −en aquel caso por culpa de las pérdidas económicas provocadas por la Covid-19−, le toca el turno ahora al de la calle Sevilla 6, frente a la Galería Canalejas, a unos pasos de la Puerta del Sol.
Emblemáticas cafeterías «de toda la vida» que, por diversos avatares, se han visto abocadas al cierre después de tanto tiempo de actividad. Más de 70 años de historia en el caso de Hontanares –fundada por Adolfo García Salmones– hasta convertirse en un privilegiado punto de encuentro en la zona más céntrica de la capital, entre otras cosas, por su buen servicio y amplio horario. Un sitio clásico, con obrador propio y terraza exterior, donde se podían degustar unos buenos desayunos completos, a primera hora, brunch incluido, o sus variadas tapas, platos combinados y menús del día durante el resto de la jornada.
A buen seguro que un nuevo local de hostelería vendrá a sustituir a Hontanares, cuya pérdida muchos lamentarán, como ocurrió antes con Embassy, California, Nebraska, Fuyma, Riofrío, Manila, El Espejo, Zahara… Son las leyes del mercado, obvio es decirlo, lo que no quita para que la pérdida de esta seña de identidad urbana, parte de la memoria sentimental de Madrid, sea digna de mención y recuerdo.
Por no remontarnos a la pérdida de los cafés históricos de Madrid, algunas de estas cafeterías han conseguido reinventarse recuperando el brillo que tuvieron en su día. El Gran Café Santander o el Comercial son dos buenos ejemplos, mientras el Gran Café Gijón aguarda tiempos mejores tras haber pasado a manos de nuevo grupo de restauración.
Son las leyes del mercado, decíamos, lo que no quita para que a este paseante le invada una cierta nostalgia. La de ver cómo las grandes franquicias avanzan imparables, mientras las «cafeterías de la abuela», que también fueron las nuestras, tienen los días contados. Una cuenta atrás para mayor gloria del parque temático en el que se ha convertido el centro de Madrid, donde sobreviven las cadenas con gran músculo financiero, los locales en manos de fondos de inversión y los bares instagrameables. Son otros tiempos, qué duda cabe.
Lo de la burbuja de los hoteles de alto nivel y precios desorbitados nos dará para una nueva entrada, porque esa es otra historia.



















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