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De cuando Barea fue censor en el Edificio Telefónica

por | 24 May 2026 | Arquitectura, Historia, Literatura, Madrid | 0 Comentarios

DESCONOZCO EL MOTIVO por el que la reciente venta del histórico Edificio de Telefónica, en el número 28 de la Gran Vía madrileña, me ha traído a la memoria la actividad de Arturo Barea como censor en ese emblemático rascacielos durante la Guerra Civil.

El caso es que, de las innumerables historias que atesora este icono arquitectónico, mi mente seleccionó al instante la de Barea como jefe de la Oficina de Censura de Prensa Extranjera de la República. Deduzco que la lectura en su día de la imprescindible trilogía La forja de un rebelde −con la Telefónica tan presente en el tercer volumen, La llama−, me dejó un recuerdo indeleble. Una evocación que ha eclosionado ahora tras la operación del empresario inmobiliario Tomás Olivo por unos 200 millones de euros.

A lo que iba. No es la primera vez que hablo de Barea en este blog. Quiero decir con ello, que tanto la obra como la trayectoria del personaje, me ha resultado del máximo interés desde siempre. Por el momento tan desgarrador vivido, por sus peripecias personales y vitales, por su forma de contarlas, por su descarnada sinceridad.

Blanco principal

Como es bien sabido, durante la Guerra Civil, el edificio fue uno de los principales objetivos militares del llamado ‘bando nacional’, dada su envergadura de casi 90 metros y su visibilidad desde cualquier punto de la ciudad. El fuego de la artillería franquista fue incesante −más de 120 impactos de obús−, pero resistió. La estructura de hormigón armado y acero diseñada por Ignacio de Cárdenas Pastor −depurado por el Colegio de Arquitectos de Madrid por sus simpatías republicanas−, lo hicieron inexpugnable. Hasta el punto de que unas 2.000 personas dormían y vivían hacinadas en los pisos subterráneos del edificio.

Sobre el edificio Telefónica y la Guerra Civil hay un artículo, con interesante documentación gráfica, del blog La Corrala del Equipo de Difusión Cultural de Espacio Fundación Telefónica de Madrid.

Quinta planta

Uno de los objetivos, aunque no el único, se encontraba en la quinta planta. Allí era donde operaba la censura y donde Barea, como responsable del centro de control desde donde la República gestionaba la información que salía al exterior, vivió uno de los capítulos más intensos de su vida.

Su trabajo diario −fundamentalmente nocturno−, según relata él mismo, consistía en revisar las crónicas de los corresponsales extranjeros, que estaban una planta más abajo, y evitar la filtración de datos que pudieran beneficiar a las tropas franquistas o minar la moral republicana. Para tal fin, los censores disponían de un pedal bajo la mesa para cortar la comunicación al instante si el periodista se desviaba del texto previamente aprobado. El propio Barea lo explicó así:

«La organización era sencilla: los periodistas tenían su propia sala de trabajo en el piso cuarto, escribían sus informaciones en duplicado y las sometían al censor. Una copia se devolvía al corresponsal, sellada y visada, y la otra se mandaba a la sala de conferencias, con el ordenanza. Cuando se establecía la comunicación telefónica con París o Londres, el corresponsal leía en alta voz su despacho, mientras otro censor sentado a su lado escuchaba y, a la vez, a través de micrófonos, oía la conversación accidental que pudiera cruzarse. Un conmutador le permitía cortar instantáneamente la conferencia»

Lo más granado del periodismo internacional

En Telefónica, Barea convivió con grandes figuras del periodismo internacional de la época, como Ernest Hemingway, John Dos Passos, Martha Gellhorn o Herbert Matthews. Este era el escenario de tensión y bombardeos en el que Barea tenía que lidiar con la flor y nata del periodismo y la literatura internacional. El lugar donde se cruzaban las ambiciones de los reporteros por conseguir una exclusiva y el deber del censor de proteger los intereses de la República y de sus secretos militares. No debió ser fácil ese tira y afloja, seguro que no, al menos, con el díscolo Hemingway.

El encuentro con Ilsa Kulcsar

La Telefónica también fue el lugar donde Barea conoció a Ilsa Kulcsar (Ilsa Barea), una periodista e intelectual austríaca que llegó a Madrid para colaborar en las tareas de propaganda exterior.

Ilsa se convirtió en su mano derecha en la oficina de censura, aportando su dominio de varios idiomas y su agudeza política. La complicidad profesional dio paso al amor; terminaron casándose y juntos partieron al exilio en 1938. Sin el impulso de Ilsa, quien tradujo sus manuscritos al inglés, es muy posible que Barea nunca hubiera publicado su célebre trilogía autobiográfica.

La llama

Como queda dicho, el tercer volumen de la trilogía lleva por título La Llama. En este libro, Barea narra de forma descarnada el Madrid asediado y describe la Telefónica como un gigante de hormigón que temblaba bajo los obuses de la artillería franquista lanzados desde el Cerro de Garabitas, en la Casa de Campo, mientras en su interior se libraba la batalla por la información.

Telefónica

Escrita por Ilsa nada más salir de España, y publicada originalmente en alemán, la novela de la periodista austriaca está centrada en el funcionamiento del edificio durante el otoño de 1936. A través del personaje de Anita Adam −una voluntaria alemana «pequeña, rolliza, independiente y muy decidida»−, retrata la vida en la quinta planta: el miedo a los bombardeos y el complejo microcosmos que mantenía a Madrid conectada con el mundo.

En el auditorio Espacio Fundación Telefónica de Madrid (por cierto, ¿qué será de él?) tuvo lugar en septiembre de 2019 la conferencia El Edificio de Telefónica en la obra de Ilsa Barea-Kulcsar, a propósito de la novela −Hoja de Lata Editorial− donde se detalló el valor histórico del inmueble durante aquella época.

Memoria de Madrid

El de Telefónica no es un edificio cualquiera. Forma parte de la memoria de la ciudad, aunque quizás no se haya reparado demasiado en ello. No es una pieza más del Monopoly de Madrid, no solo. La incertidumbre sobre el futuro del inmueble −con su singular catalogación urbanística−, es otro asunto al que debemos estar atentos. Excede del objeto de esta entrada, si bien el Ayuntamiento debería tener muy en cuenta el alto grado de protección histórica de este coloso antes de permitir que se cometa cualquier tropelía urbanística que lo desvirtúe.

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