PROTEGER EL TEMPLO de Debod es ponerlo a cubierto. Aunque el monumento no corra un peligro inminente. Preservarlo del clima y la contaminación y, según hemos leído estos días, también de los desaprensivos e incívicos visitantes o paseantes que no dudan en cincelar nombres, iniciales o corazones en el monumento más antiguo de Madrid.
El más antiguo, sí, con más de 2.200 años de historia, aunque no fuera concebido aquí sino a miles de kilómetros de distancia –erigido en el s. II a.C. en la Baja Nubia−y llegara como lo que fue: un regalo de Egipto en agradecimiento a España (1968) por su implicación a la hora de salvar el patrimonio afectado por la construcción de la Gran Presa de Asuán.
Eterno debate
El asunto de la protección es recurrente, pero no por ello dejaremos de abordarlo, toda vez que el debate no es una cuestión de gustos personales, sino que su conservación cuenta con el aval de expertos y arqueólogos. Los que saben de esto dicen que la estructura está sufriendo un deterioro irreversible.
Bien está el Plan de Conservación Preventiva del Ayuntamiento de Madrid, pero mejor estaría que el equipo de Gobierno del alcalde Almeida se sintiera concernido y tuviera en cuenta el docto criterio de los expertos. «Explorar técnicas para borrar las marcas vandálicas» no es suficiente, el problema es de una magnitud mayor. “Sería inconcebible que España no protegiese el templo de Debod”, dijo en su día Jaled El-Enany, el ministro de Antigüedades y Turismo de Egipto.
El vídeo viral del egiptólogo Tito Vivas, en noviembre de 2025, también fue un aldabonazo importante en defensa de la «salvación definitiva del templo».
Único a la intemperie
Además del de Debod, otros tres templos fueron donados a los países que más ayudaron: Dendur, a Estados Unidos, Ellesiya, a Italia, y Taffa a Países Bajos. Dendur se encuentra en el Ala Sackler del MET neoyorkino, Ellesiya en el Museo Egipzio de Turín, y Taffa en el Rijksmuseum van Oudheden (Museo Nacional de Antigüedades) de Leiden. El de Madrid es el único que se encuentra al aire libre, expuesto a la lluvia y la polución urbana, entre otros peligros.
La argumentación más fácil y rápida, también la más cómoda, indica que si ha permanecido a la intemperie durante más de 20 siglos, y en unas condiciones climáticas extremas, no hay ningún motivo de peso para abrigarlo. Ahora veremos que sí los hay.
Degradación de la piedra
El argumento de mayor peso es la degradación de la piedra. La arenisca nubia es un material muy poroso y blando, poco apto para el clima de Madrid y la contaminación. El dióxido de carbono, entre otros contaminantes, acelera la descomposición química y las inscripciones originales.
Una cubierta permitiría instalar sistemas de climatización para mantener una temperatura y humedad constantes, emulando las condiciones necesarias para su preservación a largo plazo. La propia UNESCO ha señalado en diversas ocasiones que los monumentos al aire libre que sufren riesgos de conservación y deben ser protegidos, como lo están los antes mencionados.
Cubrir no es ocultar
Verlo así, al aire libre y en un entorno maravilloso, es estupendo. Sabemos que «hoy el monumento no corre peligro». Pero cubrirlo para protegerlo, antes de que sea tarde y aparezcan otros males mayores, es mucho mejor aún. Nunca es tarde para tomar una buena decisión. Seguro que hay fórmulas para preservarlo sin ocultarlo.
Mientras tanto, el Consistorio debería darse un poquito de prisa y recuperar la característica lámina de agua y el surtidor de Debod, en dique seco desde hace también demasiado tiempo. Ya sabemos que hay cosas más urgentes e importantes, pero este proyecto serviría asimismo para prevenir el vandalismo, al actuar como barrera física, y reforzar la protección del monumento más antiguo de Madrid.
Foto: Europa Press


















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