EN EL NÚMERO 4 de la madrileña calle de Carretas, tras la Real Casa de Correos, estuvo abierto durante unos 130 años (1810-1942) el antiguo Café y Botillería Pombo, del que solo queda una simple inscripción en la acera. La anotación, en grandes letras doradas, se encuentra en uno de los accesos a la Consejería de Presidencia, Justicia e Interior de la Comunidad de Madrid, cuya entrada principal está a la vuelta de la esquina, en la Real Casa de Postas (plaza de Pontejos).
Como quiera que el edificio original, en los aledaños de la Puerta del Sol, fue demolido, quien desee trasladarse al ambiente de aquel histórico lugar de culto −donde estaba prohibido hablar de política, fútbol y toros−, siempre puede admirar el cuadro La tertulia del Café de Pombo, de Gutiérrez Solana (1920), que cuelga en el Reina Sofía, icónica imagen de estas veladas. Solana, por cierto, pintó la composición sobre un lienzo previamente usado para una escena religiosa bastante avanzada, según se descubrió durante la restauración del lienzo en 2009.
Pero volvamos al Pombo. Uno de los tertulianos de la época, el singular Ramón Gómez de la Serna, lo convirtió en su Sagrada Cripta, una afamada tertulia donde los sábados por la noche personajes como Valle-Inclán, los hermanos Bergamín, Lorca, Dalí o Buñuel, entre otros jóvenes intelectuales y artistas, se refugiaban en el sótano del local para compartir sus ideas vanguardistas hasta la una de la madrugada. Otros escritores, como Benito Pérez Galdós, Pío Baroja o Manuel Machado, además de Arturo Uslar Pietri, Alfonso Reyes, Jorge Luis Borges o Pablo Neruda, también pasaron por tan mágico lugar.
El nombre de Pombo procede de su dueño, un hombre originario de la montaña santanderina que se estableció en Madrid a finales del s. XVIII para montar una botillería, donde se servía sorbete de arroz, que, con el paso del tiempo, se transformó en café literario.
Este café tiene algo de talanquera
y de vagón de tercera.
No hay mucho tabaco y se hace mucho humo…
Discusión sin fin
sobre si es ultraísta Valle Inclán
que si patatín
que si patatán.
En el mostrador suena un timbre trin…
trin… trin… triiinn…
unos pocos pagan y todos se van.
… Silencio, sombra, cucarachas bajo el diván.
(Francisco Vighi, 1920)
El entonces joven cronista catalán Josep Pla lo describió como «un café silencioso y ochocentista, con mesas rectangulares de mármol para cuatro personas, alargado, con forma de túnel, de techo abovedado y unos espejos anacrónicos en las paredes de un color melancólico». No es una curiosidad menor que la mesa presidencial en la que tenía lugar la tertulia se conserve, por uno de esos azares del destino, en el Jardín del Magnolio del Museo del Romanticismo de Madrid. El 8 de septiembre de 1950, el café dejó de existir definitivamente y todos sus enseres fueron vendidos en almonedas, en una de las cuales fue recuperada por Mariano Rodríguez Rivas, director del museo desde 1945 hasta 1958, cuyos herederos la donaron.
Otra buena opción para profundizar en los entresijos de aquel icono del Madrid bohemio y literario es acudir al Espacio Cultural Serrería Belga (C/ Alameda, 15 – Metro Atocha) para la interesante exposición Los cafés literarios de Madrid. El café de Pombo, abierta hasta el 23 de noviembre.
Con tal motivo, se ha recreado la cripta de Gómez de la Serna, tal cual pudo ser en la época: mesas, sillas, lámparas y actas originales de las tertulias de posguerra, además de fotos inéditas, dibujos y greguerías proyectadas en las paredes (Escribir es que le dejen a uno llorar y reír a solas. El libro es un pájaro con más de cien alas para volar).
La muestra, comisariada por Vicente Sáez, «traza un recorrido por la historia de estos establecimientos en Madrid, desde los antiguos mentideros populares hasta la consolidación de espacios icónicos como La Fontana de Oro, el Café del Príncipe, el Café de la Montaña o el Café de Pombo», además de otros igualmente afamados: El Lorenzini, Regina, Granja el Henar, Levante, Colonial o Fornos. De todos ellos, solo resisten el Comercial, mientras o el Gran Café Gijón, otro icono de la vida literaria, política y social madrileña, acaba de cambiar de dueño y la nueva propiedad prevé reformar y «reabrir el local en enero, pero manteniendo su identidad y carácter».
Foros de pensamiento y creación, con lucidez e ironía, que representan lo mejor del legado literario y artístico de la capital, en unos espacios de ocio que acogieron memorables coloquios. Tertulias, en definitiva, tan distintas del vacuo y crispado espectáculo televisivo que sufrimos en nuestros días.


















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