HACÍA TIEMPO QUE un libro no me removía tanto desde el punto de vista intelectual. Soy consciente de que llego con retraso, porque no tuve ocasión de leerlo en su día, pero nunca es tarde cuando se trata de un buen descubrimiento.
La mirada crítica, además de escéptica y revisionista, de Miguel-Anxo Murado (Lugo, 1965) en La invención del pasado: Verdad y ficción en la Historia de España, (Debate, 2013) me ha cautivado en profundidad. Conocía, porque uno no es tan ingenuo, que la historia está siempre distorsionada por quien la cuenta, pero no hasta el punto que relata en su ensayo el periodista y escritor gallego.
Desde hace un par de años, curso en una Universidad de Mayores una serie de asignaturas centradas en las Humanidades, Historia entre ellas, donde se nos ha planteado la inconsistencia académica de algunos pasajes históricos como, por ejemplo, la llamada Reconquista, la batalla de Covadonga, las andanzas del Cid Campeador, o tantos otros. Con lo cual, advertido ya estaba, además de las lecturas críticas sobre estos hechos, como simple aficionado desde hace años.
Relato imperfecto y cambiante
Pero una cosa es ser consciente de que la historia, con frecuencia, es un relato imperfecto y cambiante, no siempre basada en hechos documentados, y otra es la idea de que buena parte de lo que se nos enseñó en la escuela, aprendimos en la Universidad y tuvimos ocasión de ampliar más tarde, también en películas, museos y monumentos, puede ser una mistificación. O dicho de otra manera, una construcción ideológica plagada de mitos, fábulas, adulteraciones y falsedades. Tergiversaciones, en definitiva, creadas en épocas posteriores con fines políticos, identitarios, propagandísticos o vaya usted a saber con qué intenciones.
Sostiene Murado que muchas «verdades» históricas clave de España carecen de fuentes contemporáneas fiables: o bien las fuentes son inexistentes, muy tardías −escritas siglos después−, manipuladas o directamente inventadas. La dolorosa, pero ineludible, conclusión es que es muy posible que no sepamos casi nada con certeza sobre amplios periodos del pasado, y que lo que creemos saber sea radicalmente diferente de la realidad.
Da vértigo leer esta tesis, que aisladamente podríamos intuir, por más que promover el escepticismo sea siempre sano y enriquecedor. Desmontar de golpe muchos de los mitos fundacionales del pasado y zarandear las rígidas narrativas nacionales no es algo a lo que estemos acostumbrados, por muy saludable que pueda resultar.
Mitos desmontados
Sobre la base de estas premisas, el autor analiza varios hitos clásicos de la historiografía española, mostrando cómo se construyeron o exageraron. A saber:
• La ‘Reconquista’: Presentada como una gesta continua de 800 años contra los musulmanes cuan, en realidad, fue un proceso fragmentado, con alianzas cruzadas, periodos de convivencia y sin una «conciencia nacional» unificada en la época.
• La batalla de Covadonga y el reino de Asturias: Considerado el inicio de la (llamada) Reconquista, pero con fuentes extremadamente tardías y legendarias; posiblemente un episodio menor magnificado siglos después.
• El Cid Campeador: Su figura heroica se debe más a poemas épicos medievales y manipulaciones posteriores que a hechos históricos contrastados.
• Los Reyes Católicos: Su imagen de unidad nacional y pureza se construyó retrospectivamente. Muchos episodios son puras invenciones.
• La rendición de Breda: Murado afirma que no hubo tal ceremonia de entrega de llaves, como retrata Velázquez en su famoso cuadro, ni homenaje caballeroso. El evento fue mucho más prosaico o incluso inexistente en los términos míticos. El pintor barroco, de hecho, ni siquiera conoció esta ciudad de los Países Bajos.
Y así, continúa Murado con el desmontaje de otros pasajes de la «España eterna», la idea de una identidad nacional milenaria, Numancia, la conquista musulmana, el papel de la Iglesia, el descubrimiento de América, la leyenda de la Armada Invencible, el ‘esplendor’ de los Austrias, las ficciones sobre la Guerra de Independencia…
Verdades históricas no tan verdaderas
Un libro, en definitiva, provocador; irreverente incluso, pero necesario. En mi caso, me lo he leído como una invitación a no tomarme demasiado en serio muchas de las que pasan por ser «verdades» históricas nacionales. A partir de ahora, adoptaré una actitud más humilde y crítica ante el pasado y no daré por bueno, así sin más, casi nada de lo que escuche, lea o vea. Me lo tomaré como lo que es: un relato (imperfecto) plagado de mitos, leyendas, manipulaciones y falsificaciones, con algunos datos verídicos.
La pregunta es legítima, además de pertinente: ¿Para qué sirve la historia? ¿Para cambiar el pasado? Que cada cual, como siempre, saque sus propias conclusiones. La más demoledora es que ni la historia nos queda ya.
P. D. La foto de esta entrada está tomada de la propia portada del libro de Murado y se sacó durante el rodaje de El Cid, de Anthony Mann, en 1960. En ella se puede ver a «Charlton Heston vestido como el personaje de Rodrigo Díaz de Vivar entregándole ceremoniosamente una espada a un anciano de aspecto venerable que la contempla mientras parece perdido en sus ensoñaciones». «Ese anciano −prosigue el autor−, no es otro que don Ramón Menéndez Pidal. Erudito, sabio, presidente de dos academias… Pidal era el patriarca indiscutible de la historia y la filología españolas de aquellos tiempos, y en buena medida todavía de estos. La encarnación, en definitiva, del estudio del pasado en España».
La imagen −concluye el periodista e historiador, es un espejismo. «Esa espada no es la auténtica, ni siquiera una copia de la auténtica… Tan pronto escarbamos en la superficie de lo evidente, surgen dudas como piedras. El pasado es inaprensible. La historia es como la ceniza de un incendio. No es el incendio, ni siquiera un resto del fuego sino tan solo un vestigio de los efectos del incendio. El viento sopla constantemente, dispersándola».



















Estimado Felipe: !Cuánta razón tienes en el artículo anterior! Las historias que nos han contado, así con minúsculas, siempre han servido para reforzar a quien las contaba. A tantos años de distancia es difícil separar el trigo de la paja. Y lo peor de esto es que en una sociedad hiperinformada como la actual, al menos teóricamente, nos las siguen colando cada día y los ciudadanos nunca tenemos la certeza de que nuestros gobernantes, de todo tipo y partido , nos dicen la verdad.
¡Un cordial saludo!
Muchas gracias, Jesús Manuel, por leer la entrada y comentarla. Un abrazo.