DECÍAMOS EN UNA entrada anterior −Goebbels redivivo, diciembre de 2023− que los archifamosos principios de propaganda nazi de Goebbels siguen plenamente vigentes hoy. Mal que nos pese. Y esto es algo perturbador, además de escalofriante.
Hace casi cien años, el ministro de Propaganda de Hitler formuló unos principios admirablemente simples, que no solo han perdurado, sino que es precisamente ahora, en este oscuro tiempo que nos ha tocado vivir, cuando gozan de mayor predicamento. Singularmente en las redes sociales, aunque también desde determinados púlpitos políticos, e incluso mediáticos, sin que apenas reparemos en la gravedad de lo que acontece.
Y da igual el asunto que sea objeto de debate o controversia. Vale para la investigación sobre Julio Iglesias, Venezuela, Groenlandia, el conflicto palestino-israelí, la invasión de Ucrania por parte de Rusia… Como antes para la COVID y sus vacunas, la teoría conspirativa de los ‘chemtrails’ o cualquier otra cuestión que se nos venga a la cabeza.
Todo vale para quien está abonado a la posverdad e instalado en la hipérbole permanente. Para quien no piensa más que en machacar al contrario hasta quitárselo de en medio. El caso es generar confusión, sembrar la discordia social, avivar el enfrentamiento y azuzar la inquina contra el que piensa distinto. Para anularlo o, directamente, destruirlo.
Redes y pseudoperiodistas
Las fake news y los propagadores de odio emboscados en las redes, además de la irrupción de pseudoperiodistas, han sacado lustre y revitalizado aquellos viejos principios goebbelianos.
En la actualidad, su caldo de cultivo es un marco sociopolítico atravesado por el fanatismo y la desinformación. Resulta sencillamente escalofriante escuchar y leer determinadas cosas bajo el amparo de la libertad de expresión, de la que tan partidarios somos en este blog.
Martillear y cincelar a la opinión pública
Hablamos de la trasposición a nuestros días de la ‘escala de valores’ que, con tanto éxito, aplicó Joseph Goebbels desde el Ministerio para la Ilustración Popular y Propaganda, la cartera creada por Adolf Hitler a su llegada al poder en 1933, hasta convertirse en uno de los pilares fundamentales del régimen nazi. Este departamento tenía bajo su responsabilidad la regulación de la prensa, la literatura, el arte visual, el cine, el teatro, la música y la radiodifusión.
Antes, Goebbels, brillante retórico con talento para la manipulación de personas, había sido el director de Comunicación del Partido Nacionalsocialista, además de uno de los artífices del ascenso al poder del futuro “Führer”. Entre los lemas de su máquina de adoctrinamiento, con su feroz retórica: “Martillear y cincelar a la gente hasta que se rindan a nosotros”.
Prácticas deleznables
Como es sabido, el Ministerio de Propaganda nazi monopolizó el aparato mediático estatal, prohibió todas las publicaciones y medios de comunicación que no estuvieran bajo su control. Orquestó, además, un sistema de consignas transmitidas al cine, la radio, el teatro, la literatura y la prensa.
Lo que queda de aquello no es un organismo similar, intolerable en nuestros días, sino el poso de determinadas actitudes antidemocráticas, cuyos ejemplos actuales omitiré, aunque son fácilmente identificables para cualquier persona mínimamente informada.
Estos 11 principios −los recordamos aquí− consisten en reducir los mensajes y simplificar al adversario como paso previo para convertirlo en un enemigo a batir. Hay que proyectar en el adversario los propios errores o defectos y no reconocer nunca como propios, limitándose al contraataque.
Cualquier anécdota, por nimia que sea, debe ser exagerada y convertida en una grave amenaza. Como las masas tienen la memoria débil, da igual contradecirse, siendo prioritario trivializar el mensaje, adaptándose al nivel menos inteligente de los destinatarios y simplificando cuanto se pueda el esfuerzo mental a realizar.
También se aconseja renovar constantemente las informaciones para que, cuando el adversario responda, el público ya esté interesado en otra cosa y las respuestas del contrario no puedan contrarrestar el creciente nivel de acusaciones. Los argumentos deben construirse ensartando informaciones fragmentarias con otras del tipo ‘globo sonda’.
Hay que guardar silencio cuando no se tengan argumentos y disimular las noticias que favorezcan al oponente, contraprogramando con los medios de información afines. Y, finalmente, resulta básico y de gran interés, convencer a mucha gente de que piensa “como todo el mundo” para crear la impresión de una falsa unanimidad.
Las palabras (también) importan
Mal que nos pese, la desinformación y los “hechos alternativos” se han convertido en uno de los elementos más dañinos para la confianza en la que se asientan la convivencia civil y la sociedad democrática.
La mentira, la calumnia, la falsedad no son nuevos, pero la irrupción de la digitalización junto a la aparente impunidad de muchos embaucadores, han perfeccionado su producción y expansión hasta unos límites insoportables.
Y no estamos hablando, no tan solo, de las redes sociales. Determinadas tribunas y discursos políticos están atravesados igualmente por estos principios goebbelianos. Porque las palabras también importan, ¡y vaya si importan! No son inocuas ni inocentes. Por su propio sentido y por el efecto que producen en la sociedad.
¿Significa esto que los dirigentes políticos no puede decir lo que le venga en gana? No, en absoluto. Significa que deben ser especialmente cuidadosos, como servidores públicos que son en muchos casos, para no contribuir a una deriva que nos puede llevar al precipicio.
Nunca sobra, y más en los tiempos que corren, apelar a la responsabilidad, al sosiego y a la contención, por muy naíf que pueda parecer. Nunca está de más apelar a la convivencia democrática, según nos mandata la propia Constitución Española.
Responsabilidad
Los medios de comunicación y las plataformas digitales deberían ir de la mano con los responsables públicos para afrontar, todos juntos y con firme determinación, estos peligros para la libertad. Un compromiso conjunto para evitar que las dinámicas de la desinformación y las noticias falsas puedan desestabilizar nuestras instituciones democráticas y atenten contra el derecho de la ciudadanía a recibir información veraz, contrastada y confiable.
Aunque resulte una obviedad, bueno será insistir en que la desinformación y las fake news nada tienen que ver con los errores informativos involuntarios, la sátira, la parodia, la creación artística o las noticias y comentarios partidistas, perfectamente legítimos y enriquecedores de nuestra democracia viva.
El reto al que se enfrenta la sociedad
Asistimos a una contienda muy desigual porque, más allá de que las opiniones son libres, en el campo periodístico y de las redes sociales parece evidente que la información debidamente contrastada requiere más esfuerzo que las simples anécdotas, mucho más atractivas y fascinantes.
La situación ha llegado a tal extremo, que poco será el esfuerzo que se haga para desenmascarar a tanto impostor. Es evidente que informaciones tan perniciosas, indisimuladamente goebbelianas, no pueden circular impunemente porque, además de nocivas, resultan contagiosas.
Siempre he pensado que nadie está en posesión de la verdad absoluta y que todo el mundo está en su derecho de pensar o decir lo que mejor considere. Ahora bien, sin que esto suponga el menosprecio del adversario, cuando no su aniquilación social o intelectual. Sin ataques y argumentos ad hominem.
Para poder funcionar, la sociedad se ha dado sus propias y reglas y códigos, que garantizan incluso su propia subsistencia. ¿Se imaginan lo que sería circular con nuestro vehículo por una gran ciudad sin que hubiera semáforos ni señales de tráfico?
Pues estas mismas reglas de circulación, basadas en unos códigos deontológicos garantistas, deberían aplicarse en internet antes de que la desinformación nos atropelle. Antes de que los Goebbels de turno nos aplasten.
Solo el periodismo nos salvará. O eso me gustaría creer, porque, tal y como está el patio mediático, solo dan ganas de apostatar.
(Imagen: Freepik)



















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