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ESTA ES LA entrada que más me ha costado escribir. La más difícil de las más de 400 que he publicado hasta la fecha en los 14 años que lleva abierto este humilde blog. No hablo de dificultades insalvables por la redacción del texto sino de la evidencia, fácilmente constatable, de que los archifamosos principios de propaganda nazi de Goebbels siguen plenamente vigentes hoy. Mal que nos pese. Y esto es algo perturbador, además de escalofriante.

Hace casi cien años, el ministro de Propaganda de Hitler formuló unos principios admirablemente simples que se vienen aplicando de forma permanentemente hasta nuestros días. Singularmente en las redes sociales, aunque también, desde determinados púlpitos políticos, e incluso mediáticos, sin que apenas reparemos en ello.

Y da igual el asunto que sea objeto de debate o controversia: La futura ley de amnistía, las protestas ante la sede nacional del PSOE, la supuesta ilegitimidad del Gobierno, la no aceptación de los resultados electorales, la llegada de personas migrantes a Canarias, la marcha de la economía, el conflicto palestino-israelí, la invasión de Ucrania por parte de Rusia… Como antes la COVID y sus vacunas, o cualquier otra cuestión que se nos venga a la cabeza.

Todo vale para quien está abonado a la posverdad e instalado en la hipérbole permanente. Para quien no piensa más que en machacar al contrario hasta quitárselo de en medio. El caso es generar confusión, sembrar la discordia social, avivar el enfrentamiento y azuzar la inquina contra el que piensa distinto. Para anularlo o, directamente, destruirlo.

Redes y pseudoperiodistas

Las fake news y los propagadores de odio emboscados en las redes, además de la irrupción de pseudoperiodistas, han sacado lustre y revitalizado aquellos viejos principios goebbelianos. En la actualidad, su caldo de cultivo es un marco sociopolítico atravesado por el fanatismo y la desinformación. Resulta sencillamente escalofriante escuchar y leer determinadas cosas bajo el amparo de la libertad de expresión.

Martillear y cincelar a la opinión pública

Hablamos de la trasposición a nuestros días de la ‘escala de valores’ que, con tanto éxito, aplicó Joseph Goebbels desde el Ministerio para la Ilustración Popular y Propaganda, la cartera creada por Adolf Hitler a su llegada al poder en 1933, hasta convertirse en uno de los pilares fundamentales del régimen nazi. Este departamento tenía bajo su responsabilidad la regulación de la prensa, la literatura, el arte visual, el cine, el teatro, la música y la radiodifusión.

Antes, Goebbels, brillante retórico con talento para la manipulación de personas, había sido el director de Comunicación del Partido Nacionalsocialista, además de uno de los artífices del ascenso al poder del futuro “Führer”. Entre los lemas de su máquina de adoctrinamiento, con su feroz retórica: “Martillear y cincelar a la gente hasta que se rindan a nosotros”.

Prácticas deleznables

Como es sabido, el Ministerio de Propaganda nazi monopolizó el aparato mediático estatal, prohibió todas las publicaciones y medios de comunicación que no estuvieran bajo su control. Orquestó, además, un sistema de consignas transmitidas al cine, la radio, el teatro, la literatura y la prensa.

Lo que queda de aquello no es un organismo similar, intolerable en nuestros días, sino el poso de determinadas actitudes antidemocráticas, cuyos ejemplos actuales omitiré, aunque son fácilmente identificables para cualquier persona mínimamente informada. Veamos.

Los 11 principios de la propaganda de Goebbels:

1.- Principio de simplificación. Adoptar una única idea, un único símbolo e individualizar al adversario como si fuera un único enemigo.

Se basa en la reducción de toda la complejidad de los distintos enemigos a una realidad muchísimo más discreta, desprovista de diversidad y muy fácilmente identificable.

El propósito es infundir a todo lo que se opone a las propias ideas de un rasgo común y sencillo donde se reduzcan sus aristas hasta la misma caricatura. De esta manera, no existiría nunca una batalla contra múltiples antagonistas, sino una guerra en la que solo bregaría un sencillo contendiente: el mal, la brutalidad, la injusticia o la ignorancia.

2.- Principio del método de contagio. Está asociado al anterior y consiste en reunir diversos adversarios en una sola categoría o individuo. En  una suma individualizada, aunque no sean iguales.

Además de simplificar los hechos, se pretendería dispersar una serie de atributos a todos los sujetos que se acojan a ideas opuestas a las propias. A menudo son adjetivos de contenido negativo, humillante y/o ridiculizante, que se asignarían al opositor.

3.- Principio de la transposición. Cargar sobre el adversario los propios errores o defectos del sistema, respondiendo al ataque con el ataque. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”.

En el momento en que se fuera objeto de una acusación ineludible, sería necesario señalar al otro por exactamente el mismo «error» que se ha hallado en nuestra manera de proceder. En política puede observarse, cuando trascienden casos de malversación o apropiación indebida, un cruce de reproches basado en el “y tú más”. En aquello de «tú también lo hiciste, e incluso peor que yo».

Con esta actitud se persigue generar una distracción que desvíe la atención de la propia figura y que se ubique de nuevo en los demás, manteniendo toda sombra de sospecha fuera de nuestras inmediaciones.

4.- Principio de la exageración y de la desfiguración. Convertir cualquier anécdota, por pequeña que sea, en amenaza grave. Cualquier intento del enemigo es una afrenta desmesurada. Este principio prevé que todo error del otro ha de ser aprovechado de forma inmediata.

Para ello se procedería a desdibujar su relevancia y su alcance, de modo que pareciera un suceso mucho más grave o negativo de lo que realmente es. Se buscaría trazar amenazas en casi cualquier acto que el enemigo llevara a cabo, incluyendo aquellos a los que solo se les pudiera atribuir importancia anecdótica o circunstancial.

5.- Principio de la vulgarización. “Toda propaganda debe ser popular, adaptando su nivel al menos inteligente de los individuos a los que va dirigida. Cuanto más grande sea la masa por convencer, más pequeño ha de ser el esfuerzo mental por realizar. La capacidad receptiva de las masas es limitada y su comprensión escasa; además, tienen gran facilidad para olvidar”.

A través de este proceso se eliminarían todos los matices complejos, y se buscaría difundir algo tan «simple» que cualquier ser humano podría llegar a comprender. Esta forma de diseñar los anuncios de propaganda iba dirigida a la masa y no a los que la formaban, aprovechando que los grupos son más fáciles de convencer que los individuos aislados.

6.- Principio de la orquestación. “La propaganda debe limitarse a un número pequeño de ideas y repetidas incansablemente, presentadas una y otra vez desde diferentes perspectivas pero siempre convergiendo sobre el mismo concepto. Si una mentira se repite suficientemente, acaba por convertirse en verdad”.

De esta forma, la ideas que se quieren transmitir a la masa han de repetirse de forma continuada, usando distintos prismas y ángulos pero insistiendo en el mismo concepto. Es importante que todo se reduzca a lo más básico posible, de manera que sea casi imposible que se perciba un atisbo de duda o contrariedad en el contenido de lo que se transmite. Lo esencial sería la reiteración del discurso hasta la extenuación misma.

7.- Principio de renovación. Hay que emitir constantemente informaciones y argumentos nuevos a un ritmo tal que, cuando el adversario responda, el público esté ya interesado en otra cosa. Este principio alude no al contenido, sino a las formas, y más en particular al ritmo con el que se transmite la información.

El propósito sería generar tantas acusaciones que la víctima no dispusiera de margen temporal suficiente para excusarse o demostrar su falsedad, pues en el momento en que intentara liberarse de todo su lastre el discurrir del tiempo le habría relegado a una situación de irrelevancia, o el público ya no tendría interés en lo que tuviera que decir. En definitiva, abrumar al rival y sobresaturar al pueblo.

8.- Principio de la verosimilitud. Construir argumentos a partir de fuentes diversas, a través de los llamados globos sonda o de informaciones fragmentarias.

En el mismo principio se contemplaba también la posibilidad de «camuflar» mentiras dentro de una noticia objetivamente cierta, haciendo que estas fueran más fácilmente digeribles para el público diana. La selección interesada de qué detalles reseñar y cuáles omitir u ocultar (lo que se conoce como «fragmentación»), es esencial para esta ley de la manipulación.

9.- Principio de la silenciación. Acallar las cuestiones sobre las que no se tienen argumentos y disimular las noticias que favorecen al adversario, también contraprogramando con la ayuda de medios de comunicación afines. También se buscaría omitir noticias adversas sobre uno mismo o que desalentaran el ánimo de la población que se pretende manipular.

El fin sería sesgar la información de que podrían disponer, e incluso reservar noticias negativas o falsas para el momento en que surjan logros del adversario, contrarrestando sus efectos en el oyente. Para este principio, lo fundamental es la tergiversación.

10.- Principio de la transfusión. Por regla general, la propaganda opera siempre a partir de un sustrato preexistente, ya sea una mitología nacional, sistema de creencias, o un complejo de odios y prejuicios tradicionales. Se trata de difundir argumentos que puedan arraigar en actitudes primitivas.

A través de este principio se pretendería hacer uso de la historia de una nación, e incluso de sus mitos populares, para conectarlos de una manera directa con el contrincante a derrocar a través de analogías y equiparaciones. El fin es aprovechar un odio preexistente, cuya raíz se hunde en el acervo cultural y social común, para verterlo de forma directa sobre quienes se oponen a un régimen.

11.- Principio de la unanimidad. Llegar a convencer a mucha gente de que se piensa “como todo el mundo”, creando una falsa impresión de unanimidad. La pretensión de este principio es hacer creer que las ideas que se desea difundir gozan del consenso de toda la población, de forma que quienes las acojan como propias sintonizarán con la «opinión» que quieren hacer pasar como general.

Este principio aspira a aprovechar el conocido fenómeno del conformismo social, al que se atribuye una enorme capacidad para la persuasión, especialmente entre aquellos que desconfían de su propio criterio para guiarse a lo largo de la vida.

En resumen

Estos 11 principios consisten en reducir los mensajes y simplificar al adversario como paso previo para convertirlo en un enemigo a batir. Hay que proyectar en el adversario los propios errores o defectos y no reconocer nunca como propios, limitándose al contraataque.

Cualquier anécdota, por nimia que sea, debe ser exagerada y convertida en una grave amenaza. Como las masas tienen la memoria débil, da igual contradecirse, siendo prioritario trivializar el mensaje, adaptándose al nivel menos inteligente de los destinatarios y simplificando cuanto se pueda el esfuerzo mental a realizar.

También se aconseja renovar constantemente las informaciones para que, cuando el adversario responda, el público ya esté interesado en otra cosa y las respuestas del contrario no puedan contrarrestar el creciente nivel de acusaciones. Los argumentos deben construirse ensartando informaciones fragmentarias con otras del tipo ‘globo sonda’.

Hay que guardar silencio cuando no se tengan argumentos y disimular las noticias que favorezcan al oponente, contraprogramando con los medios de información afines. Y, finalmente, resulta básico y de gran interés, convencer a mucha gente de que piensa “como todo el mundo” para crear la impresión de una falsa unanimidad.

Ministerio de la Verdad

Es obvio que en nuestros días, en cualquier sociedad democrática que se precie, sería impensable que existiera, ni de lejos, algún control gubernamental. No lo hay, ni puede haberlo, por más que hace tres años algunos se empeñaran en martillear con su existencia al vender la idea de que el Gobierno pretendía crear un ‘Ministerio de la Verdad’, una suerte de organismo orwelliano, para “vigilar las noticias falsas difundidas por internet”.

Poco importó que aquella regulación específica demandada por la Unión Europea fuera desarrollada en un Procedimiento de Actuación, validado luego por las instituciones comunitarias, cuyo fin último es atender la necesidad de que el Estado se proteja frente a agentes externos y actores empeñados en dañar la democracia.

En ningún caso, el Gobierno pretendió dictaminar si una noticia es falsa o no. No se trataba de eso, pero de poco sirvió ya, una vez que la imparable maquinaria de la distorsión y la posverdad se había activado.

Mal que nos pese, la desinformación y los “hechos alternativos” se han convertido en uno de los elementos más dañinos para la confianza en la que se asientan la convivencia civil y la sociedad democrática. La mentira, la calumnia, la falsedad no son nuevos, pero la irrupción de la digitalización junto a la aparente impunidad de muchos embaucadores han perfeccionado su producción y expansión hasta unos límites insoportables.

Las palabras (también) importan

Pero todo lo anterior no es cuestión, no tan solo, de las redes sociales. Determinadas tribunas y discursos políticos están atravesados igualmente por estos principios goebbelianos. Porque las palabras también importan, ¡y vaya si importan! No son inocuas ni inocentes. Por su propia significación y por el efecto que producen en la sociedad.

¿Significa esto que los dirigentes políticos no puede decir lo que le venga en gana? No, en absoluto. Significa que deben ser especialmente cuidadosos, como servidores públicos que son en muchos casos, para no contribuir a una deriva que nos puede llevar al precipicio.

Nunca sobra, y más en los tiempos que corren, apelar a la responsabilidad, al sosiego y a la contención, por muy naíf que pueda parecer.

Nunca está de más apelar a la convivencia democrática, según nos mandata la Constitución Española, precisamente hoy que estamos celebrando su 45 aniversario.

Responsabilidad

Los medios de comunicación y las plataformas digitales deberían ir de la mano con los responsables públicos para afrontar, todos juntos y con firme determinación, estos peligros para la libertad. Un compromiso conjunto para evitar que las dinámicas de la desinformación y las noticias falsas puedan desestabilizar nuestras instituciones democráticas y atenten contra el derecho de la ciudadanía a recibir información veraz, contrastada y confiable.

Aunque resulte una obviedad, bueno será insistir en que la desinformación y las fake news nada tienen que ver con los errores informativos involuntarios, la sátira, la parodia, la creación artística o las noticias y comentarios partidistas, perfectamente legítimos y enriquecedores de nuestra democracia viva.

El reto al que se enfrenta la sociedad

Asistimos a una contienda muy desigual porque, más allá de que las opiniones son libres, en el campo periodístico y de las redes sociales parece evidente que la información debidamente contrastada requiere más esfuerzo que las simples anécdotas, mucho más atractivas y fascinantes.

La situación ha llegado a tal extremo, que poco será el esfuerzo que se haga para desenmascarar a tanto impostor. Es evidente que informaciones tan perniciosas, indisimuladamente goebbelianas, no pueden circular impunemente porque, además de nocivas, resultan contagiosas.

Siempre he pensado que nadie está en posesión de la verdad absoluta y que todo el mundo está en su derecho de pensar o decir lo que mejor considere. Ahora bien, sin que esto suponga el menosprecio del adversario, cuando no su aniquilación social o intelectual. Sin ataques y argumentos ad hominem.

Para poder funcionar, la sociedad se ha dado sus propias y reglas y códigos, que garantizan incluso su propia subsistencia. ¿Se imaginan lo que sería circular con nuestro vehículo por una gran ciudad sin que hubiera semáforos ni señales de tráfico?

Pues estas mismas reglas de circulación, basadas en unos códigos deontológicos garantistas, deberían aplicarse en internet antes de que la desinformación nos atropelle. Antes de que los Goebbels de turno nos aplasten. Solo el periodismo nos salvará. O eso me gustaría creer.

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