EL CORAZÓN DE Madrid se debilita y late con menos fuerza a medida que el centro de la ciudad se transforma en un parque temático para visitantes. El Distrito Bar, del que hablábamos hace un tiempo.
Con el anunciado cierre, a mediados de febrero, de la librería Tipos Infames nos hemos vuelto a llevar las manos a la cabeza, pero no es la primera vez que llamamos la atención sobre el deterioro y la pérdida de identidad de Malasaña.
Un barrio conocido, incluso internacionalmente, por su vibrante historia cultural y espíritu bohemio, que languidece víctima de los modernos jinetes del apocalipsis: la galopante gentrificación, la expulsión de los comercios tradicionales, la propagación de los pisos turísticos, el encarecimiento de los alquileres, la especulación inmobiliaria y el crecimiento imparable de los negocios hosteleros. Nada nuevo bajo el sol de Malasaña, cuya esencia languidece desde hace demasiado tiempo.
Llamada de atención
El último aldabonazo lo ha dado Tipos Infames en su perfil de Instagram, una de las librerías de referencia del centro de Madrid (C/ San Joaquín, 3), cuyo inesperado anuncio de cierre está generando el lógico revuelo entre el vecindario, además de los lectores y clientes, tras 15 años de andadura como librería especializada en narrativa literaria de carácter independiente.
Fundada en 2010 por Curro Llorca, Alfonso Tordesillas y Gonzalo Queipo Lisón, Tipos Infames se ha convertido en un espacio cultural imprescindible. No solo vende libros, sino que combinaba literatura con vinos y eventos, atrayendo a lectores, autores y editoriales. En 2021, recibió el Premio Librería Cultural por su proyecto «Un clásico moderno», destacando su rol en la dinamización de Malasaña. Un galardón de la Confederación Española de Gremios y Asociaciones de Libreros, en colaboración con el Ministerio de Cultura.
«Nos vamos tristes, pero satisfechos con el trabajo realizado», han expresado en un vídeo sus responsables, reconociendo que han colocado este espacio cultural «en el mapa de las librerías de España». La gentrificación les ha «podido», forzándolos a cerrar tras un cúmulo de factores como el aumento de precios inmobiliarios.
Elektra
Pero la pérdida de este emblemático local no es algo aislado. Otro comercio histórico, como la tienda de cómics Elektra −en la esquina de San Bernardo con la calle Estrella, a un paso de Gran Vía−, se vio obligado a seguir el mismo camino, de tal manera que en la pasada primavera tuvieron que trasladarse a un nuevo espacio empujados por un fondo de inversión que ofreció el doble del alquiler para convertir el edificio en pisos turísticos.
No pudieron igualar la oferta y, tras 29 años en el barrio, Elektra se mudó a Arganzuela en febrero de 2025, reabriendo en la calle Fray Luis de León 14.
Valverde 42
Son las leyes del mercado, dirán algunos, como también saben y sufren los 18 vecinos de la calle Valverde 42 −incluida la tienda de especias, tés e infusiones de Yuli Perpén Pérez, Spicy Yuli−. A estos residentes no se les van a renovar sus contratos de alquiler a medida que vaya venciendo, para ir desalojándolos de manera progresiva.
El edificio fue adquirido en noviembre de 2025 por el fondo de inversión Vencar Capital y los afectados denuncian presiones, como la presencia constante de empresas de «desokupación». De momento, se han organizado de forma colectiva para resistir y cuentan con el apoyo del Sindicato de Inquilinas e Inquilinos de Madrid, la Federación Regional de Asociaciones Vecinales de Madrid (FRAVM) y la Asociación Vecinal Maravillas-Malasaña.
Para este sábado, 24 de enero, han convocado una concentración ante el edificio (18:00 h.) con el fin de dar visibilidad a su caso y exigir que se les permita permanecer.
Inquilinos expulsados
Los alquileres actuales oscilan entre los 550 euros (buhardillas) y los 950 euros (pisos más grandes). Si los vecinos intentaran quedarse en Malasaña con condiciones similares, tendrían que pagar alrededor de 2.600 euros mensuales, triplicando el coste. Para mantener el mismo precio, deberían mudarse a zonas alejadas como Navalcarnero o Colmenar Viejo (a unos 35 km del centro). El caso de uno de estos vecinos, Carlos Rubio, de 29 años, lo ha contado la reportera Beatriz Olaizola en el diario El País.
Gentrificación
La gentrificación −proceso de renovación de una zona urbana, generalmente popular o deteriorada, que implica el desplazamiento de su población original por parte de otra de un mayor poder adquisitivo− no se limita a estos cierres en Malasaña.
La llegada de clases medias-altas y turistas, con la consiguiente elevación de los precios de la vivienda y los alquileres, expulsando a residentes y comercios tradicionales, está a la orden del día en muchos puntos de la ciudad. Y no es un fenómeno nuevo. Esto escribíamos en 2010 sobre «el invento Triball»: la revitalización de la calle Ballesta y su entorno.
En 2024, de los 2.324 pisos turísticos anunciados en Airbnb en Malasaña, solo 37 tenían licencia. Y sobre ese descontrol se está destruyendo la vida vecinal con un resultado bien conocido: las tiendas de proximidad son reemplazadas por franquicias y cadenas o bares orientados a turistas, mientras que fondos buitre compran bloques enteros.
Un parque temático para visitantes, en definitiva, que acentúa la pérdida de identidad, mientras el barrio pierde su alma. Un decorado para turistas, donde la literatura, los cómics y los negocios de toda la vida ceden paso a consumos efímeros.
¿Hasta cuándo continuará esta transformación? ¿Se puede hacer algo para preservar la esencia de los barrios madrileños?
Son preguntas retóricas, qué duda cabe, porque la respuesta es dolorosamente obvia. El «modelo Malasaña» no se va a cambiar, son las leyes del mercado; otro Madrid es posible, pero no parece que este sea un asunto de interés para el debate público.



















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