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Huelga decirlo

Más de 5 millones de españoles, y subiendo, no tienen otra opción. Pararán hoy, sí o sí, como lo hicieron ayer, o hace un mes, o lo harán mañana, o dentro de un mes. Mi primer pensamiento es para ellos y para los que vendrán.

A partir de ahí, algunas obviedades. Vivimos en un país democrático, eso parece, y cada uno es libre de hacer lo que le venga en gana: acudir a su puesto de trabajo, si tiene la fortuna de poder contar con él, y dejar de hacerlo para manifestar su rechazo expreso a una reforma laboral, al menos, de dudosa eficacia para la creación de empleo. Y luego hay otro amplio sector que, aun estando en contra de la reforma, decide trabajar en este 29-M por los motivos que sean. Obvio. Me permito arrancar con esta perogrullada porque, en ocasiones, hasta lo más evidente resulta difícil de entender.
Nadie, que yo sepa, va a la huelga por gusto. Es cierto que con paros generales no se crea empleo pero, visto lo visto, tampoco parece que esta draconiana reforma vaya a cortar la sangría del desempleo. Y creo, sinceramente, que los sindicatos también quieren lo mejor para España. Ya sé que hay muchas formas de verlo, si bien yo estoy convencido de que si esta reforma satisface a los empresarios no puede ser buena para los trabajadores. Me hago cargo, claro que sí, de que las circunstancias obligan a tomar decisiones duras pero no, evidentemente, a un precio tan elevado.

La rebaja generalizada de salarios e indemnizaciones y el abaratamiento del despido son palabras mayores en unas relaciones laborales que habían venido mejorando gracias a las conquistas históricas de los sindicatos. Conquistas, por cierto, (jornada de 8 horas diarias, prestación por desempleo, horas extraordinarias, salario mínimo, convenio colectivo, vacaciones pagadas, indemnización por despido…) a las que nadie ha renunciado pese a no haber hecho nunca huelga. Convendría recordarlo ahora que tanto se empeñan algunos en demonizar a los sindicatos.

Como decíamos ayer... tiene más razón que un santo el obispo de Ciudad Real, Antonio Algora, cuando dijo aquello de que "siempre pierden los débiles" y que la reforma laboral "rebaja los derechos de los trabajadores". Tal cual. Así de simple y así de crudo.

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