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Recuerdos del terror (2)

Lunes, 21 de junio de 1993. Antena 3 de Radio, calle Oquendo número 23, Madrid. Son las ocho y dieciséis minutos de la mañana. “Supongo que los oyentes habrán escuchado una tremenda explosión... Parece que hay un atentado muy próximo a nuestra emisora”. De esta forma, mientras entrevista a Francisco Álvarez Cascos, en apenas unas décimas de segundo, el conductor del informativo El primero de la mañana, Manuel Marlasca, tiene la suficiente rapidez de reflejos como para empezar a narrar en directo el terrible despertar de estruendo y muerte que nos sobrecoge. Ocurre en la glorieta de López de Hoyos, esquina a Joaquín Costa, a escasos metros de la emisora. Siete personas asesinadas, seis militares y un civil, y más de veinte heridas, entre ellas tres niños, al hacer explosión un coche bomba de ETA al paso de un vehículo militar.

En la redacción de Antena 3 de Radio la explosión suena como un golpe seco y fuerte. Los cristales estallan de pronto. El estudio tiembla, las cintas salen disparadas y se impone el silencio en apenas unos segundos de angustia y escalofrío. Aturdidos, salimos a la calle guiados por una columna de espeso humo negro y un penetrante olor como a goma quemada. Nadie se queda en la redacción. Cuando llegamos a la glorieta (Óscar Guillén, Arancha Martín, Juan Miguel Ramiro, Maite Carratalá, Antonio Guerra, Fernando González Urbaneja…) la desolación es tremenda. No muy lejos debían estar también Miriam de las Heras, María Jesús Moreno, Susana Palacios, Concha Barón, Isabel González, Armelle Chatry... Y Consuelo Sánchez-Vicente, al mando de todo. Restos humeantes y confusión junto a un inquietante silencio. El tráfico está detenido, no se oye ni un alma. La gente enmudece de pronto. Las sirenas de las ambulancias aún no han empezado a sonar. Parte de la barandilla del paso elevado se encuentra arrancada de cuajo. Del vehículo militar apenas quedan unos hierros retorcidos, el resto son llamas. Sólo tienes ganas de llorar y, sobre todo, de que alguien te explique qué demonios está pasando en aquella maldita glorieta (La glorieta de Dante, según dejó escrito Alfonso Basallo).

“Prácticamente han saltado las ventanas de los estudios centrales de Antena 3, han reventado algunas de las cintas y se ve una negra humareda a la altura de la glorieta de López de Hoyos. Vamos a tratar de establecer comunicación con los compañeros que han ido a…”, proseguía con un enorme aplomo el ya entonces veterano Marlasca.

De pronto veo a dos niñas heridas. Luego supe que se llamaban Juana y Gabriela y que son hermanas. Están tumbadas, recostadas en el suelo, lívidas, parecen adormiladas. Como ausente, aunque con lágrimas, la persona que las acompaña al colegio balbucea, “dios mío, por favor, que no se mueran”. Para entonces, antes de que lleguen las ambulancias, Óscar ya se ha quitado el cinturón para hacer un torniquete. Sangre por todas partes. Se desprende también del polo, aquel polo verde manzana que le había regalado su suegra, y tapona la herida grande de Juana. El ulular de sirenas toma la plaza. Llego al estudio y Marlasca me da paso para que cuente lo que he visto. Sólo recuerdo que tenía las manos ensangrentadas y que no quería manchar el micrófono. Y que nunca he olvidado la imagen aterrorizada de aquellas dos inocentes niñas cuyo delito aún desconozco. Peor suerte corren las víctimas mortales: cuatro tenientes coroneles, un capitán de fragata, un sargento y el conductor del vehículo militar convertido en una gran bola de fuego cuando circulaba a la altura del número 61 de Joaquín Costa.

Una hora después, no recuperados aún del zarpazo, otra violenta explosión sacude la también próxima calle Serrano. Volvemos a salir en estampida en dirección al número 83, no lejos de la Embajada de Estados Unidos, donde los terroristas del “comando Madrid” hacen estallar el Ford Fiesta rojo con el que han huido. Más heridos, más desolación, más impotencia. Más terror.

Ha pasado mucho tiempo, pero ahora que se atisba el fin de todo esto, me viene a la mente, con emoción, el recuerdo de un extraño sentimiento. Pocas veces, como entonces, tuve la impresión de que este bendito oficio pudiera tener una mejor razón de existir: contar lo que pasa en el mismo momento que ocurre, aunque sea con un nudo en la garganta, ayudar al mismo tiempo a las víctimas y darles consuelo.

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