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El making of de ‘La flor del magnolio’

LA ESCRITURA TIENE su propia liturgia y, en mi caso, sus propios rituales. Nada del otro mundo, no se vayan a pensar. Costumbres muy de andar por casa: empezar la tarea antes de que amanezca, una botella de agua a mano, mi vieja pluma Parker siempre cerca, la habitación en completo silencio, una taza de té  y, tal vez, una vela encendida por la tarde, si la inspiración se muestra esquiva. Y el silencio, siempre el silencio, como única compañía. 

Costumbres, rarezas, extrañas manías tal vez -pensarán algunos-, y no seré yo quien lo desmienta. Sé de escritores famosos que no se despegan nunca de su libreta Moleskine, o que siempre arrancan su obra un 8 de enero, algún otro que no podía  hacerlo sin la presencia de una rosa amarilla, e incluso alguno incapaz de teclear en otro sitio que no sea su Olympia Carrera de Luxe.

Por lo que a mí respecta, desde mi modesta experiencia, diríamos que me gusta enhebrar un libro con otro, por muy dispares que hayan sido las historias. Así lo hice con el primero, cuya última página concluí al tiempo que empezaba la primera del siguiente; y así ha sucedido también con esta última con la que he hecho lo propio. No es que antes de este proceso no tuviera perfilados algunos personajes, hubiera esbozado escenarios o emborronado páginas en los papeles más inverosímiles y con una caligrafía deplorable. Con independencia de las anotaciones previas, desperdigadas, inconexas e incomprensibles con frecuencia, en mi fuero interno nunca doy por iniciado un nuevo trabajo hasta ese mágico instante en el que, deliberadamente, se entrecruzan los destinos de la obra que concluye con la que apenas empieza a balbucear. Los personajes reales, con los no menos auténticos de la ficción.

Como relato en la Nota Final que sirve de broche a ‘La flor del magnolio’, la idea genérica de esta novela me acompaña desde hace muchos años. Demasiados tal vez. Podría decir, sin exagerar, que este proyecto anida en mí desde que tengo uso de razón literaria. Habita en mí desde que siendo un joven camarero del Ritz fui invitado por el maître del hotel, junto a varios compañeros, a tomar una copa en Alazán.

Sí, porque Alazán -epicentro de la novela- existió. Claro que existió. No, desde luego, de la forma descrita la novela, pero fue sin duda un local de cierto prestigio durante el tiempo que permaneció abierto. Con sus “noches de encanto y belleza, con las más explosivas vedettes”, tal y como rezaba la publicidad de la época. Es más, quien conozca  el lugar, o quiera darse una vuelta por Castellana 24, podrá comprobar que el Banco Santander, heredero del cabaré, mantiene allí una de sus sedes principales. En el jardincillo que a modo de pasadizo hay delante de la sede bancaria, en una de las esquinas, se conserva un magnolio, aunque no del porte del que se relata en el libro. Excuso decir que durante las obras de rehabilitación para el cambio de uso del negocio no apareció ningún cadáver emparedado en el sótano.
“Tercer año triunfal, con brillantina, los señoritos cierran Alazán”, canta también el maestro Joaquín Sabina. “Para primores Galerías Piquer” —que casualmente también salen en la novela—prosigue el de Úbeda en su monumental De purísima y oro (1999).

Existió Alazán y existe, como es bien sabido, la joyería Grassy. Desde 1929 junto a la sociedad Unión Relojera Suiza en el 29 de la Gran Vía y a partir de 1953 en su actual emplazamiento, en el número 1, en esa especie de proa que marca el rumbo de la centenaria avenida. No así el personaje de Alexandra ya que los herederos de Alejandro Grassy, Yann y Patricia Reznak, auténticos propietarios del negocio, pertenecientes a la tercera generación de un linaje de orfebres, nada tienen que ver con los hechos relatados en el libro más allá, naturalmente, del escenario elegido por el autor. En ese mismo edificio, en el local ocupado por la joyería, estuvo inicialmente el Café Molinero, inaugurado en 1917, y poco más tarde también abrió en el primer piso el salón de té y restaurante Sicilia Molinero, igualmente desaparecido. También permaneció abierto allí, hasta su reconversión actual, un pintoresco y divertido comedor de espectáculos eróticos y drag queens —que fue por donde dos de los rateros de mi novela se colaron para “asaltar” Grassy—, espacio ocupado hoy por el restaurante La Primera, de inspiración santanderina.

En cuanto a los personajes, me importa destacar que casi todos tienen algo de alguien. Es decir, todos se parecen a alguien que conozco, por pura comodidad a la hora de escribir, si bien no hay ninguno que exista o haya existido realmente. Sus nombres y apellidos fueron elegidos al azar, aunque no siempre. Los de origen belga los obtuve en Bruselas y Amberes, en sitios tan dispares como museos o lápidas conmemorativas de diversas guerras en algunas iglesias.


‘La flor del magnolio’, como digo, habita en mí desde hace ya tantos años que tengo la impresión de haber estado conviviendo con ella durante toda mi vida. Ni que decir tiene que cuando escribí la última palabra del último capítulo, me apliqué el cuento e hice lo propio dejando en la recámara una nueva historia. Y así será mientras la inspiración, las ganas de fabular y los lectores tengan a bien acompañarme. “No escogemos ser las personas que somos. No podemos escapar de quienes somos”, dejó escrito la enigmática Donna Tartt cuyas costumbres y rarezas lamento desconocer. Llámenme maniático y estarán en lo cierto. La ceremonia, con toda su liturgia, debe continuar.

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