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Terremoto en la calle Galileo

Foto: eldiario.es
SI EL GOBIERNO municipal tuviera que lanzar una consulta ciudadana cada vez que quiere poner en marcha un proyecto, estaría abocado a la inacción. 

Gobernar supone optar entre varias opciones, a sabiendas de que siempre habrá alguien descontento.  Si ese legítimo desagrado vecinal encuentra eco en los partidos de la oposición, por nimio que sea el asunto en discordia, o son los propios grupos los que alientan el malestar, será inevitable el conflicto.

Viene todo esto a cuento del cierre al tráfico, para probar su peatonalización, de un pequeño tramo en la calle Galileo, entre Fernando Garrido y Meléndez Valdés. Paralelamente se ha creado un nuevo espacio público frente a los jardines de José Luis Sampedro y el Centro Cultural Galileo.

Conviene remarcar, para no perder la perspectiva, que estamos hablando de un tramo de apenas 70 metros. La manzana de la discordia cuenta con un carril de circulación restringida a vehículos de emergencias y servicios urbanos.

Bueno, pues esta intervención, Despacio Galileo, que es una prueba “reversible”, ha desatado tal cascada de reacciones casi como si estuviéramos ante una nueva reforma de la M-30. La intención del Gobierno municipal es “evaluar el proyecto en seis meses o un año”, pero ni siquiera les va a dar tiempo a hacer un análisis sosegado, dada la utilización política y el ardor con el que se está tratando este asunto.

Ahora, tras las insistentes quejas de la oposición, y dispuesta a "escuchar a unos y a otros", a la alcaldesa Carmena no le ha quedado otra que empezar a admitir que "cabe la posibilidad" de que la peatonalización de una parte de Galileo se implante los fines de semana para que a diario puedan circular los coches.

Estamos hablando, repito, de una actuación de apenas 70 metros. La protesta de los vecinos es legítima, insisto, pero no quiero ni pensar qué ocurriría si estuviéramos ante un proyecto de auténtica relevancia. También hay residentes que están a favor de la medida, pero su voz no ha encontrado el mismo eco mediático ni tampoco político.


En ciudades tan “podemitas” como Ámsterdam, Copenhague o Nueva York llevan años probando este tipo de modelos y, que sepamos, sin tantas alharacas. De Madrid, parafraseando al mismísimo Galileo, por muy apócrifa que sea la cita, podríamos decir aquello de eppur si muove.

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