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COMENZARÉ CON UNA obviedad para ir entrando en materia. Me alegro, como todo el mundo, del feliz y exitoso rescate de los mineros. La operación ha sido sencillamente espectacular, lo que no significa, ni mucho menos, que comparta el despliegue triunfalista llevado a cabo por el gobierno chileno, ni tampoco la desmesura de algunos medios de comunicación. Está comprobado, una vez más, que en periodismo tan malo es no llegar como pasarse, en el bien entendido de que no resulta nada fácil establecer cuál es el justo término. Intereses no sólo informativos, sino también comerciales, han llevado a los medios a participar en esta singular carrera para no ser menos que la competencia. 76 antenas de satélite en Copiapó, frente a las 50 que hubo durante el reciente Mundial de fútbol, dan una buena idea de lo que estamos hablando.Me alegro infinitamente, repito, de que todo haya salido bien en la mina San José, aunque era evidente que la incansable maquinaria informativa iba a encontrar aquí uno de esos filones mediáticos que tanto nos gusta encumbrar. Entiendo que las condiciones laborales de los propios mineros, o la negligente actuación de los dueños de la mina en materia de seguridad, o el hecho de que los rescatados llevaran dos meses sin cobrar, o que el refuerzo de las paredes del pozo se hiciera con endebles planchas de madera en lugar de columnas de acero, o la muerte de 13 mineros en la región de Atacama en 2010 (31 en todo el país), o el despido por parte de los dueños de la Compañía San Esteban de 270 empleados, no han interesado tanto como la valoración en las encuestras del ministro de Minería, Laurence Golborne, y en mayor medida del presidente Sebastián Piñera.

Celebro sin rodeos ni circunloquios el éxito del despligue técnico llevado a cabo por Codelco, la empresa productora de cobre mayor del mundo, controlada por el Estado chileno, pero no dejo de pensar que los más de 700 muertos del terremoto de Chile, o los más de 100.000 de Haití o los más de 1.000 de las inundaciones de Pakistán no merecieron ni tanto tiempo ni tanto espacio, quizás porque no tuvieron un desenlace feliz. De los 33 atrapados desde el pasado 5 de agosto lo sabemos todo, nada supimos en cambio ni de los otros ni tampoco de los supervivientes . Ya sé que estamos hablando de episodios distintos, no equiparables, pero puede ser un buen termómetro para medir nuestra fiebre informativa en esta veta inagotable.

Para combatir la presión mediática, los mineros recibieron un cursillo sobre cómo tratar con la prensa. Ojalá que ese trago no les resulte más difícil de digerir que el propio encierro en el yacimiento de cobre. Hasta que los focos no se apaguen del todo, hasta que las conexiones vía satélite no languidezcan y no decaiga el sacrosanto «interés informativo» no habrá terminado su calvario. Ojalá que ninguno desee volver al agujero de la mina porque no pueda soportar la férrea presión de los medios en la dura negociación de las exclusivas. Lo dicho, feliz regreso a la vida y mucho cuidado ahí fuera que los periodistas somos insaciables. Dicho lo cual, enhorabuena también a los informadores que han estado al pie del cañón informativo en este maratón mediático.

Y aquí va el justo homenaje a los mineros chilenos en estos versos de Pablo Neruda incluidos en sus «Odas elementales«: “El cobre ahí/ dormido. / Son los cerros del Norte/ desolado. / Desde arriba/ las cumbres del cobre, / cicatrices hurañas, / mantos verdes, /cúpulas carcomidas por el ímpetu /abrasador del tiempo, / cerca de nosotros/ la mina: / la mina es sólo el hombre, /no sale /de la tierra /el mineral, /sale del pecho humano…”

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