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SEIS AÑOS DESPUÉS aún no hemos aprendido del todo la lección. Las mismas, o parecidas, disputas. Las mismas, o parecidas, divisiones. En esta ocasión, al menos, nuestros políticos lo han disimulado mejor. ¡Las mismas heridas sin restañar!
En Atocha cada uno por su lado…, en el Bosque de los Ausentes con referencias a ETA… ¡Qué duros de mollera somos y qué flaco favor hacemos a la memoria de las víctimas! Aunque se diga lo contrario, no todos viajábamos en ese tren. ¡Qué tristeza! Que hablen los poetas y callen para siempre los pájaros de mal agüero.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma… ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
Son las caídas hondas de los Cristos del alma
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.
Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos,
como cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido se empoza,
como charco de culpa, en la mirada.
Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
(César Vallejo. Los heraldos negros)
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