EL INICIO DE la emisión en Netflix de los ocho capítulos que conforman la primera parte de la adaptación de Cien años de soledad me ha dado pie para recordar una pequeña anécdota personal con García Márquez. Vayan por delante mis disculpas por la autocita, pero necesito acudir de nuevo a mi libro Hotel Ritz. Un siglo en la historia de Madrid para explicarme.
Antes, algo comentaremos también sobre la esperada adaptación de la novela y su versión televisiva. «Avaricia y deseo. Profecías y magia. En el fantástico mundo de Macondo, las preocupaciones mundanas coexisten con lo sobrenatural en un frágil equilibrio», ha resumido la plataforma de streaming estadounidense para “vender” a su audiencia el ambicioso proyecto en formato de serie para llevar a la pantalla la obra más internacionalmente reconocida del Premio Nobel de Literatura.
No es nuestra misión aquí entrar en la vieja controversia sobre el convencimiento de García Márquez de que su obra sobre la saga de los Buendía no podría adaptarse al cine, hasta el punto de negarse durante más de 50 años a ceder los derechos. O sobre las exigentes condiciones impuestas por sus hijos −beneficios económicos al margen−, para adaptar una novela tan inadaptable. Otras, en cambio, como El coronel no tiene quien le escriba, Memorias de mis putas tristes o El amor en los tiempos del cólera, sí fueron llevadas al cine mientras el autor vivió.
La super producción sobre el universo de Macondo que nos ocupa está dirigida por Laura Mora y Álex García López, con un elenco formado por Claudio Cataño, Marco Antonio González Ospina, Susana Morales Cañas, Diego Vásquez, Marleyda Soto, y el español Moreno Borja, entre otros, además de contar con el respaldo de la familia del Nobel.
Pero vayamos al pasaje del libro sobre el Ritz que les comentaba…
Gabriel García Márquez también ha sido cliente del Ritz. En una de las ocasiones, 25 de octubre de 1985, bajó al jardín del hotel para tomar un refresco aprovechando el cálido sol otoñal de Madrid. El joven camarero que le atendió, ferviente admirador de su obra, le llevó también una rosa amarilla que el sorprendido escritor agradeció sinceramente. Durante un buen rato estuvieron hablando de todo un poco aunque, fundamentalmente, de literatura.
El empleado del hotel le recordó un artículo que había escrito cuatro años antes, diciembre de 1981, en El País bajo el título ‘Cómo sufrimos las flores’. Comenzaba así: «Para que vuelva a entrar la buena suerte en una casa desollada por la desgracia no hay nada más eficaz que un ramo luminoso de flores amarillas. Es incluso un conjuro invencible contra las nubes oscuras que suelen perturbar en ciertos días inciertos el oficio misterioso de escribir. Cuando los dedos se nos enredan en la tecla equivocada, cuando no conseguimos que los personajes respiren con su aliento propio en el ámbito de la novela, cuando uno no encuentra la palabra compasiva que los ayude a morir sin dolor, es porque algo falta en el aire del cuarto en que se escribe. Y lo que falta casi siempre es una flor».
Durante aquella estancia en el Ritz, Gabo siempre tuvo una rosa amarilla sobre su mesa de la habitación 306.
En una entrada similar de este blog, así lo recordábamos también, hace ya más de 10 años −17 de abril de 2014−, con motivo del fallecimiento del genio de la literatura universal en su residencia de Pedregal de San Ángel, en México D. F. Aunque nacido en la ciudad colombiana de Aracataca, Gabo hizo del país azteca su hogar durante más de cincuenta años.
En México fue también donde escribió sus Cien años de soledad, a cuya magia, de alguna manera, se pueden acercar ahora quienes no consideren un sacrilegio ver en la tele esta adaptación de uno de los textos esenciales de la literatura. Si esta versión televisiva se entiende como algo complementario, y consigue atraer nuevos lectores, jóvenes sobre todo, bienvenida sea. En el bien entendido de que, como admite la realizadora Laura Mora en una entrevista con Europa Press, «hay cosas de la obra que jamás podrán traducirse en imágenes», y de que son experiencias diferentes.
En mi caso, de momento, siento una cierta pereza y no demasiado interés en apretar el botón de Netflix. Y eso que, según las primeras impresiones, el espíritu de la novela se ha respetado, el trabajo es magnífico, y la adaptación que se ha hecho es la mejor posible.
De momento, digo, prefiero seguir imaginando cómo era la lluvia de flores amarillas que anunciaba la muerte de José Arcadio Buendía.
(Foto: EFE/Mario Guzmán. Última aparición pública del periodista y escritor, el 6 de marzo de 2014, a las puertas de su domicilio en la capital mejicana, con motivo de su 87 cumpleaños. El autor, que no hizo declaraciones, escuchó sonriente las felicitaciones de sus seguidores y vecinos con un ramo de rosas amarillas entre las manos).



















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