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Foto: Ayuntamiento de Madrid
ES BIEN SABIDO que uno de los principales rasgos de pertenecer a Madrid radica precisamente en que no es necesario haber nacido en esta ciudad para sentirse de aquí. 
 
En Madrid cabemos todos —suele decirse— y, con carácter general, a nadie se le pregunta dónde ha nacido o cuál es su lugar procedencia. No, al menos, con ánimo de exclusión.
 
Entre otras cosas, porque somos tantos los que no tuvimos nuestra cuna aquí que resultaría extraño hacer ese tipo de distinción. Resulta evidente que ésta es una ciudad de aluvión y que si algo nos distingue es esa capacidad para integrar a todos. Admito que puede sonar a tópico, pero no veo motivos para cambiar de criterio.
 
Viene a cuento esta reflexión a propósito de la distinción concedida por el  Ayuntamiento de la capital a Pedro Almodóvar (Calzada de Calatrava, Ciudad Real, 1949)  y al cantante Rafael Martos, Raphael, (Linares, Jaén, 1943) como nuevos hijos adoptivos de Madrid. Manchego uno, andaluz el otro, no nacieron aquí, pero es aquí donde han vivido casi toda su dilatada existencia y sus extraordinarias trayectorias artísticas no podrían entenderse sin su vinculación con la capital.
 
Recién llegado a Madrid, Almodóvar encontró aquí la “ciudad de la libertad” que tanto anhelaba. Y no solo eso, en Madrid nunca se ha “sentido forastero” porque es una ciudad «abierta, mestiza, solidaria, nocturna». Resulta fácil imaginar que muchos puedan sentirse identificados con el cineasta: «Para un niño manchego, Madrid era la ciudad de los teatros, del cine, donde uno podía ser un mismo sin ser señalado con el dedo».
 
Con una trayectoria vital y artística distinta, Raphael –»un icono, un divo que no ejerce de divo», Carmena dixit– a buen seguro que también puede compartir parte de ese mismo espíritu. Con este reconocimiento, el cantante ha visto cumplir un sueño en la “ciudad talismán” donde le ha ocurrido todo lo más importante de la vida, salvo el nacimiento.
 
Ambos artistas representan historias de éxito en las que muchos no se reconocerán, más allá posiblemente de los instantes iniciales o de haber compartido tantos momentos de sus vidas gracias a sus éxitos profesionales. Estaría bien que, alguna vez, el Ayuntamiento también pudiera distinguir a algún personaje anónimo cuya trayectoria vital de superación fuera más fácilmente identificable por el común de la ciudadanía.
 
Nos alegra, en todo caso, el sano (y legítimo) orgullo de sentirse madrileño que han mostrado ambos artistas. Con independencia de que así lo acredite un título como el que tan merecidamente ostentan Almodóvar y Raphael, madrileños como el que más.
 
Me hago cargo de que algunos de las líneas de este post puedan destilar una especie de sentimiento identitario madrileño o, a la postre, de ‘nacionalismo cheli’. Nada más lejos de la realidad. Ese supuesto ‘patriotismo castizo’, ni está ni se le espera. Ni falta que hace. Eso sí, Madrid es mucho Madrid, qué duda cabe. Mola Madrid.
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