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La libertad de expresión tiene un precio

por | 03 Mar 2017 | Madrid, Medios de comunicación, Redes sociales, Sociedad | 0 Comentarios

VUELVO DONDE SOLÍA, tras unos meses de forzada e incluso saludable inactividad. Y lo hago con un comentario, a buen seguro, no demasiado popular. Es a propósito de los mensajes transfóbicos de Hazte Oír, organización ultracatólica a la que, entre todos, le estamos haciendo, gratis total, una enorme campaña de publicidad.
Sus proclamas –“Si naces hombre, eres hombre. Si naces mujer, seguirás siéndolo”-, y en esto no voy a ser demasiado original, me parecen soeces e indignas, cavernícolas si se quiere, además de injustas e insultantes. Podría emplear otros calificativos, incluso más duros, pero dudo que sirvan para mejorar mi argumento.
Estoy de acuerdo, sin ambages y de forma tajante, con quienes piensan que resulta intolerable discriminar a aquellas personas que ejercitan su identidad sexual de forma diferente a la heterosexual. Estoy muy de acuerdo con que ese tipo de mensajes pueden lesionar la dignidad de las personas, generar humillación y odio, pero muy a favor también de la pedagogía.
Coincido en lo fundamental, pero no creo yo que el camino de la prohibición sea el más acertado. Tengo serias dudas. El daño, a los menores y a la sociedad en general, está hecho y tapar el mensaje no contribuirá a eliminarlo de las conciencias de quienes así opinan. Ni tampoco a atenuar su ignorante persistencia en pretender que la sociedad no ha evolucionado hasta convertirse en plural y diversa.
Los jueces, que para eso están, ya se han pronunciado y han tomado sus medidas. ¿Pero lo han hecho por unas expresiones tan deleznables o para calmar a la opinión pública tras el bombardeo informativo de los últimos días? Acudir al Código Penal está bien, es lo justo si alguien así lo considera, pero entiendo que las medidas educativas son mucho más efectivas y, sobre todo, duraderas. Como los límites son en ocasiones muy difusos, acudir a la justicia para dirimir este tipo de asuntos supone enfrentarse a resoluciones para todos los gustos y en diferentes sentidos. La justicia además, mal que nos pese, no es una ciencia exacta.
Y no solo eso. ¿Qué hacemos cuando los miembros de esta organización intervengan en un debate? ¿Taparles la boca? ¿Evitar que concedan entrevistas, trolear sus redes sociales? Tapar un vinilo mientras esos mismos mensajes, y tal vez otros peores, se esparcen por doquier en otros formatos sirve para bien poco, salvo para contentar a determinados guardianes de la opinión pública. Actuar en caliente es fácil, reflexionar e ir al fondo de la cuestión es un poco más complicado.
Dicen los detractores que Hazte Oír se ha embarcado en  “una campaña de odio basada en la intolerancia” y no seré yo quien lo cuestione. Ya sé que ante un caso tan sonoro mediáticamente es muy difícil desmarcarse del pensamiento mayoritario, pero no dejo de preguntarme si, en asuntos así, lo más inteligente no sería apelar a un auténtico debate crítico. Por mucho que este tipo de mensajes nos incomoden.
En el bien entendido, claro, de que nos movemos en un terreno muy resbaladizo y que no siempre será fácil ni cómodo mantener este mismo criterio en todo momento y circunstancia. Así lo entendí en el ‘caso de los titiriteros’ o en el de los tuits del concejal Guillermo Zapata, sometidos a un encarnizamiento desmesurado para el “delito” cometido.
En una sociedad democrática, que se precie de ello, las palabras se combaten con palabras, los argumentos se confrontan con argumentos y no con prohibiciones de dudoso efecto. Si Hazte Oír buscaba polémica, algo que doy por hecho, ha conseguido su propósito con creces. Desde ese punto de vista, la estrategia les ha salido redonda.

La libertad de expresión, mal que nos pese, tiene un altísimo precio que, en ocasiones como esta, hay que pagar.

Aunque duela y nos repugne. Aunque nos obligue a taparnos la nariz.

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