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Madrid, ciudad con esclavos

por | 01 Abr 2025 | Cultura, Madrid | 0 Comentarios

CADA CIERTO TIEMPO, pegado en alguna de las paredes de la iglesia de San Ildefonso, en la madrileña plaza del mismo nombre, aparece un misterioso cartel del tamaño de una cuartilla que suele durar unas pocas horas o días. Su permanencia depende del celo que pongan los operarios del Selur en borrar la cartelería o las frecuentes pintadas en el muro del templo. Estamos en Malasaña, entre las Correderas Baja y Alta de San Pablo, en la iglesia donde, por cierto, se casó la poetisa gallega Rosalía de Castro, vecina del barrio.

A lo que íbamos… El cartel en cuestión, que ilustra esta entrada, viene a reivindicar una calle para Narciso Convento, un enigmático personaje al que nos acercamos hoy. Nada sabemos aún de la mano anónima que periódicamente nos recuerda la existencia de este esclavo, pero sí la historia de aquel “rebelde con causa” que conocemos gracias al magnífico trabajo del profesor emérito de la Universidad Autónoma de Madrid (UAM) José Miguel López García en su libro «La esclavitud a finales del Antiguo Régimen. Madrid, 1701-1837» (Alianza Editorial, 2020. 216 páginas, 17,57 euros).

Un esclavo incorregible

Como queda dicho, la vida de Narciso Convento, aquel «esclavo incorregible»,  aparece documentada en la obra de López García como un ejemplo de la compleja peripecia vital de los esclavizados en el Madrid de la época.

Nacido hacia 1782 en la Luisiana colonial −territorio de América del Norte bajo control de España entre 1762 y 1803 tras la cesión por Francia mediante el Tratado de Fontainebleau−, llegó a Madrid como propiedad de la condesa de Gálvez y, más tarde, de su hijo Miguel Gálvez. Debido a su dominio de los idiomas español y francés, se convirtió en lacayo, un puesto que le otorgaba cierta visibilidad dentro de la casa señorial. Sin embargo, su carácter no era el de un sirviente sumiso.

Se le describe como un hombre de «genio díscolo y alborotado», aficionado a vestir bien, frecuentar tabernas y disfrutar de la vida social. En el anónimo cartel se dice que fue “regalado al esclavista Miguel de Gálvez por su tía esclavista María Isabel de la Roche y que «vivió en la Corredera Baja de San Pablo, en la residencia de la condesa».

La azarosa vida de Narciso

El caso es que la noche del 6 de agosto de 1800, Narciso salió de la residencia de Miguel Gálvez en la calle Fuencarral, esquina con Santa Brígida, armado con un sable oculto bajo una capa. Según su propio testimonio ante la justicia, había acordado encontrarse con una joven llamada Juana, de 18 años, en una tienda de aceite y vinagre para un encuentro amoroso. Al no presentarse ella, Narciso, embriagado tras beber mientras esperaba, fue a buscarla a su casa en la calle de San Francisco, esquina con Válgame Dios.

Allí, tras un altercado con vecinos —que incluyó arrojar agua a unos transeúntes y aporrear la puerta de Juana—, se vio envuelto en una pelea. Atacado con palos y piedras por una multitud que gritaba «¡matadle!, ¡a ese pícaro negro!», Narciso se defendió con su sable y logró refugiarse en una tahona, donde fue finalmente detenido junto a un cochero que lo apoyó en la refriega.

Tras este incidente, la historia sobre la azarosa vida de Narciso se desvanece sin que exista información verificable, más allá de la mención del anónimo cartel donde se señala que «a causa de su resistencia contra el poder esclavista fue condenado a tres años a las galeras de Cartagena». «Falleció entre el 19 y el 24 de enero de 1802, a la edad de 22 años» y fue «enterrado en una fosa común», concluye la anotación del cartel, firmado por “Madrid Negro” junto al logo del Ayuntamiento de Madrid. El politólogo y poeta antirracista Yeison F. García López, director del Centro Cultural «Espacio Afro», ofreció algún detalle más durante una entrevista con Macarena Berlín en el programa ‘A vivir Madrid’ de la Cadena SER (21-01-2024).

Un país con esclavos

Por aquellos tiempos, siglo XVIII y principios del XIX, España era un país con esclavos, pero no propiamente un país esclavista. Había algunos esclavos, pero la esclavitud no era una práctica tan extendida o visible como en las colonias americanas, donde el comercio de prisioneros africanos estaba a la orden del día como forma de sostener las plantaciones y la economía colonial.

La fecha final del libro del profesor López García (1837) es la del Decreto con el que se formalizó la abolición de la esclavitud en el territorio peninsular español por parte de las Cortes,  aunque no se extendió inmediatamente a las colonias, como Cuba y Puerto Rico, donde la esclavitud prosiguió hasta finales del siglo XIX. Esta medida suponía que todas las personas esclavizadas que pisaran suelo español metropolitano serían consideradas libres de manera inmediata.

El marqués de Manzanedo: un indiano esclavista

El hecho de que Madrid no fuera una ciudad esclavista, ni de que su economía estuviera basada en la esclavitud, no quita para que algunos de los «nuevos ricos» de aquella época levantaran sus grandes fortunas al calor de los negocios basados en la trata de personas y la mano de obra esclavizada. Una descomunal maquinaria de beneficios, en la que figura por derecho propio, y de forma bien destacada, Juan Manuel de Manzanedo y González de la Teja (1803-1882).

Este empresario emigró a Cuba siendo adolescente, donde empezó trabajando como sirviente, y obtuvo una gran fortuna gracias, entre otras actividades, a la trata de esclavos. El negocio del azúcar, que dependía en gran medida de la mano de obra esclavizada, le permitió consolidar una gran posición social y política, hasta el punto de convertirse en una figura destacada del siglo XIX.

Filántropo, mecenas… y esclavista

Una vez establecido en España, primero en Cádiz y luego en Madrid, incrementó la enorme riqueza que había amasado mediante la economía esclavista, diversificando sus inversiones en banca, ferrocarriles, aseguradoras y proyectos urbanísticos. Entre ellos, la configuración de la Puerta del Sol y el barrio de Salamanca en la capital. «Era el más rico entre los ricos de Madrid», y su riqueza le permitió influir en círculos políticos y económicos, apoyando a Isabel II, quien le otorgó el título de marqués en 1864, y más tarde a Alfonso XII, quien lo nombró duque de Santoña en 1875 por su contribución a la Restauración borbónica. Banquero y rentista, Manzanedo también fue concejal del Ayuntamiento de Madrid, diputado a Cortes y senador.

Pese a la abolición de la esclavitud en el territorio peninsular español, y progresivamente en las colonias, desde 1872, Manzanedo presidió el Círculo Ultramarino de Madrid, una organización que defendía los intereses de los esclavistas de Cuba y Puerto Rico. O dicho de otra forma, pese a que el movimiento abolicionista ganaba fuerza y era imparable, Manzanedo apostó hasta el último momento por la perpetuación de la esclavitud en Ultramar. Pese a su labor como mecenas y filántropo −en Santoña financió un colegio y un hospital; y en Madrid otro, el Hospital del Niño Jesús—, de forma inequívoca, su legado está marcado por su papel como esclavista.

El olvido de la “infamante trata negrera”

El caso es que, pese a que España llegó a ser la «cuarta potencia del mundo en el comercio de esclavos» y de que «en Madrid en torno al 5% de sus habitantes eran esclavos», se trata de un asunto poco estudiado, que no ha gozado de la dimensión historiográfica que merece.

Aquella práctica tan habitual en España y sus colonias apenas tiene menciones dignas de recuerdo, más allá de algunas representaciones artística aisladas. En todo caso, nunca es tarde para reparar el olvido de la «memoria borrada de la esclavitud», cuyo sonoro vacío llenan historiadores como el profesor emérito José Miguel López, o el también investigador Martín Rodrigo y Alharilla, profesor de Historia Contemporánea en la Universitat Pompeu Fabra (Barcelona). «Centenares de españoles levantaron sus fortunas, compraron títulos nobiliarios y construyeron sus palacios con el dinero que obtuvieron con la trata o con la mano de obra esclava», como refleja también este otro artículo. El profesor Rodrigo y Alharilla es, además, investigador principal de ‘España esclavista’, una interesante y bien documentada «herramienta divulgativa sobre el pasado esclavista español», que incluye un mapa donde se ubican y describen los lugares vinculados al comercio de personas esclavizadas.

Calle de las Negras

Si en Madrid ya tenemos una discreta calle −de apenas 92 metros−, que  (desde 1835) lleva el nombre de las Negras, el Ayuntamiento no debería tener mayores dificultades en incorporar al callejero la de Narciso Convento, aunque solo fuera como silencioso testigo de un pasado inocultable. La mencionada de las Negras −en el Distrito Centro, barrio de Universidad− conecta la calle Princesa con la Travesía del Conde Duque, y su denominación se ha atribuido (hay diversas teorías) a las esclavas negras que habitaban en esta zona, pertenecientes al duque de Veragua, descendiente de Cristóbal Colón. Se dice que estas mujeres, traídas de América, vivían en casas separadas del palacio ducal ubicado donde hoy se encuentra el Palacio de Liria (Fundación Casa de Alba).

Reconocimiento

La memoria de nuestros vecinos importa. La de todos ellos. También la reparación de su olvidada historia de sufrimiento y explotación. No tuvieron su cuna aquí ni poseían nuestro mismo color de piel, pero los Narciso Convento de la época merecen una segunda oportunidad sobre la tierra. Aunque solo sea incorporándolos, de forma simbólica, a la toponimia madrileña.

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