HAY TANTAS FORMAS de entender la Navidad como, posiblemente, personas existen en el mundo. Y no hace falta rebuscar demasiado en la actualidad informativa para entender que no todo es amor y paz en estas fiestas. «Ya está aquí el Grinch de turno», pensarán algunos, aunque nada más lejos de mi intención.
Comenzaré por decir que, con independencia de las creencias o convicciones de cada uno, son días de encuentro y de compartir con quienes más queremos, acaso la mejor justificación, si es que hiciera falta alguna, para celebrar lo que cada cual mejor considere.
Desigualdad
Eso no quita para pensar, siquiera un instante, que no podemos obviar la realidad social que nos rodea, por muy robustos que sean los grandes datos económicos de España. Trataré de no ponerme melodramático, pero el doloroso contraste al que nos enfrentamos es que 13 millones de personas están en riesgo de pobreza o exclusión social, o dicho de otra forma, 26 de cada 100 sufren los efectos de la desigualdad en nuestro país.
Cifras muy preocupantes que, sin duda, serían peores de no ser por la intervención del Estado, en el bien entendido de que CCAA y Ayuntamientos forman parte inexorable del paraguas estatal. Bueno será también destacar, y recordarlo estos días, la benemérita labor de cuantas organizaciones sin ánimo de lucro se dedican a mejorar las condiciones de vida de las personas en situación de vulnerabilidad.
Hemos comenzado hablando de la pobreza como elemento a tener en cuenta para esta reflexión navideña, situación que podemos hacer extensiva a quienes sufren la trágicas consecuencias de la dana, en València o Letur, por no mencionar también a aquellas otras personas que, por diferentes motivos −soledad no deseada, desarraigo, enfermedad, desempleo−, no tienen ningún motivo para compartir, cenar, cantar o ser felices. En días así, el recuerdo de quienes ya no están también está más presente que nunca. Esas sillas vacías en tantos hogares, por ley de vida o por las circunstancias que sean, son el mejor homenaje a la memoria de los ausentes.
Personas sin nada que celebrar
La sobredosis de buen rollo colectivo y amor por doquier de estos días no alcanzará a muchas de esas personas sin nada que celebrar. Apenas unas migajas, en el mejor de los casos. Tampoco los mensajes de felicitación de quien no tiene el cuerpo para unas fiestas, cuyo innegable origen religioso, ha derivado en el culto generalizado al Dios consumo, cual prolongación del Black Friday, anticipo de las rebajas de enero.
Regresar a la infancia
Pero las celebraciones navideñas también tienen un evidente componente cristiano para los creyentes, además de familiar. En todo caso, la mejor forma de celebrar y festejar sería, si fuera posible, regresar a la infancia. Ver la Navidad con los ojos de un niño acaso sea la única manera de que a los escépticos no les incomode este carrusel de almibarados deseos.
Dicen que también hay luz bajo los negros nubarrones y no seré tan ingrato como para negarlo. Y como nunca es tarde para la solidaridad −lo hemos visto recientemente en València−, me gusta pensar que mucha gente, anónima y pequeña, haciendo muchas cosas pequeñas, en muchos pequeños lugares, también puede cambiar el mundo. Y junto a esa mirada solidaria, estaría bien, además, que los deseos de felicidad y buenos propósitos perduraran más allá de estas fechas.
En todo caso, como entiendo que la preocupación en favor de los que menos tienen no es incompatible con los buenos deseos, que cada uno escoja la forma de felicitación que mejor encaje con su forma de ser y estar en la vida: Feliz Navidad, felices fiestas, feliz todo a todos.
(Foto: Iluminación navideña de la Puerta del Sol de Madrid durante la Navidad de 2024 con la estatua de Carlos III al fondo. Álvaro López del Cerro, © Madrid Destino)



















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