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Paco Miranda, «pianista de oído», in memoriam

por | 10 Jul 2025 | Cultura, Sociedad | 0 Comentarios

CON UN IMPERDONABLE retraso, y por azar, me entero de la muerte del pianista Paco Miranda, cuya fecha exacta de fallecimiento todavía se desconoce. La noticia la publicó Paco Griñán, periodista del Diario SUR, el pasado 19 de enero, en una amplia y bien armada información que llevaba por título «El pianista de Ava Gardner rescatado de la basura en Torremolinos». «Las memorias del músico, con fotos firmadas por la actriz y otros cientos de personajes famosos, acaban en un contenedor tras fallecer en Torremolinos y que nadie reclame su legado», añadía.

Y su legado son cientos de instantáneas, muchas salidas de la cámara de su amigo Juan Gyenes, rubricadas con cariñosas dedicatorias. Recopiladas todas ellas en un grueso álbum encuadernado, que alguien arrojó a un contendor, de donde fue rescatado por un agente inmobiliario (Carlos Herrada Rodríguez), evitando así su pérdida para siempre en un vertedero. Entre los retratos dedicados, figuran las firmas de un inigualable reparto de estrellas: Ava Gardner, Rita Hayworth, Kirk Douglas, Sofía Loren, Toni Curtis, Grace Kelly, Rock Hudson, Sean Connery, Lola Flores, Sara Montiel, Carmen Sevilla, Pepe Sacristán, Concha Velasco, Luis Escobar, Amparo Rivelles, Analía Gadé, Adolfo Marsillach, Barbara Rey

Francisco de Miranda y Fernández Pubillones, que era su nombre completo, fue un personaje inclasificable. Lo conocí en el Hotel Ritz de Madrid, cuando yo era un joven camarero que soñaba con ser periodista, y él tocaba como los ángeles, sin saber música. Pianista de oído, «de oreja», le gustaba decir, y acaso sea esta, la del desparpajo para enfrentarse a cualquier situación, una de las cualidades que mejor lo definen.

En aquellas inolvidables tardes y noches del Ritz de los años 80 fuimos hilvanando cientos de conversaciones y, a medida que me iba contando las historias de su vida y su relación con el famoseo de la época, aumentaba mi admiración por su inconmensurable figura. Tenía una desmedida afición a fotografiarse con famosos, pero no solo. También dejó constancia gráfica de muchas de las chicas con las que coincidió en los prostíbulos de la calle Ballesta −captadas a buen seguro con su vieja View Master−, donde asimismo se ponía al piano. Como hizo luego en el Ritz, o antes en el desaparecido Oliver −creado por Marsillach en 1966 en la calle Almirante 12−, o en su piano bar de Torremolinos, o en lo que fue The Sportsman (calle Alcalá 65), cuyas paredes cubrió literalmente con sus fotos.

Y fue amigo de Ava Gardner, y conoció Rita Hayworth, entre otras muchas estrellas de Hollywood. Ahora que recuerdo, es muy posible que su afición por el mundo de la gran pantalla le viniera de su tía, la actriz y bailarina Luana Alcañiz (Lucrecia Ana Úbeda Pubillones, 1906-1991), quien trabajó en la «meca del cine» en los años 30 y 40 del siglo pasado.

 ***

En mi libro sobre el Ritz de Madrid, cuento así algunos de los pasajes protagonizados por Paco Miranda.

A principios de los años 50 Rita Hayworth y su esposo, el príncipe multimillonario Alí Khan, escogieron el Ritz como lugar de residencia durante la única visita conjunta que hicieron a España mientras duró su matrimonio. Una de las pocas personas a la que recibió la inmortal estrella en su suite fue a la actriz Luana Alcañiz, figura destacada del cine hablado en español que se rodaba en Hollywood en los años 30, y que iba acompañada de su sobrino Paco Miranda.

 Estuvieron recordando los tiempos en los que el padre de Rita, el español Eduardo Cansino, se instaló en la ciudad de Los Ángeles donde abrió una escuela de danza. Evocaron también cuando se cortó el pelo, se lo tiño y se depiló la frente hasta quedar tal y como se la conoce; y comentaron también divertidas cómo los pasos de baile de  Los amores de Carmen (C. Vidor, 1948) se los habían enseñado, como en otras ocasiones, su padre y la propia Luana Alcañiz. Y en esas estaban cuando llegó Alí Khan, quien ordenó que subieran un aperitivo, para sumarse él también a tan agradable tertulia. A todo esto, el joven Paco Miranda, que con el tiempo llegaría a ser pianista del Ritz, apenas podía articular palabra impresionado por la belleza del mayor símbolo sexual de aquella época. Pero no fue el único, hubo incluso algunos clientes que prorrogaron unos días más su estancia en el hotel por el mero placer de ver de cerca a la Gilda que tanto amamos.

***

Burt Lancaster, el tipo duro más tierno de Hollywood llegó al Ritz el 11 de agosto de 1984. Rondaba entonces los 70 años, acababa de sufrir una operación para reparar su maltrecho corazón, pero conservaba todavía su planta de atleta y su sonrisa abierta y juvenil no exenta de inocencia. Con Madrid casi vacío a causa de las vacaciones estivales, su presencia pasó desapercibida para casi todo el mundo menos para el pianista del hotel, Paco Miranda, poseedor de la mejor y más curiosa colección de fotografías dedicadas de España, donde no falta ninguno de los gigantes de la historia del cine y el espectáculo. Paco sometió al actor norteamericano a un estrecho marcaje para conseguir su preciado autógrafo, aunque sin éxito. Inasequible al desaliento, esa es precisamente la clave de su afición, encomendó tan difícil tarea a un joven camarero quien no dudó en llamar a la puerta de la habitación 401 donde descansaba el actor para conseguir tan preciado tesoro. Lancaster salió al pasillo en calzoncillos, con una toalla sobre su torso desnudo y con un cierto aire del saltimbanqui que fue, y allí mismo en una foto de los primeros años de su carrera estampó la firma con una cariñosa dedicatoria. Estrechó la mano del camarero, y se despidió diciendo: «Tiene usted la suerte de vivir en un país maravilloso. Me gusta mucho España».

***

Leonard Bernstein, el más famoso director de orquesta norteamericano y compositor de comedias musicales de gran éxito que dieron la vuelta al mundo, se alojó en el Ritz el 29 de octubre de 1984. Su visita no pasó desapercibida para nadie, y mucho menos para los clientes norteamericanos del hotel, que ya en esa época comenzaban a ser legión. Como brillante intérprete que era, no pudo evitar la tentación de tocar algunas notas en el piano de media cola que había instalado a la entrada del restaurante. El instrumento, ¡faltaría más!, había sido afinado en previsión de que el director quisiera practicar en algún momento. Bernstein acarició suave y brevemente el piano, pero cual no sería la sorpresa cuando amablemente dijo que ese piano no sonaba bien. Se le explicó que había sido afinado recientemente, pero tras una posterior comprobación insistió en que lo mandaran revisar porque había algo que fallaba. Nada más marcharse el director de orquesta, alguien levantó la tapa del piano comprobando al instante en que consistía el problema: Paco, el pianista del hotel, había escondido en su herramienta de trabajo un generoso trozo de plum-cake en su correspondiente bandeja ovalada de plata.

***

Los momentos finales de la vida de Paco Miranda no fueron fáciles. Como no lo fue la relación con su madre, a quien abiertamente criticaba por dilapidar en el bingo buena parte de la fortuna familiar. Como relata Griñán en Sur, «en 2008 vivía en un bajo de cuarenta metros en Madrid, en la zona de Atocha, con 400 euros de pensión». Por esa época, la periodista Lola Huete Machado publicó un completo reportaje en El País Semanal, donde hacía un fidedigno retrato de tan «poliédrico» personaje.

 En su última morada, se trasladó de nuevo a Torremolinos, «donde vivió rodeado de recuerdos y fotos sus últimos años de deterioro y olvido». «Su fecha de fallecimiento no está clara, pero fue después del covid. Sus herederos vendieron el piso, pero sus pertenencias nadie las reclamó y acabaron en la basura. Su piano, la joya que le quedaba, al parecer no llegó a salir del edificio», concluye.

De todos mis recuerdos con Paco, el más emotivo era la broma particular con la que me saludaba cuando me incorporaba al servicio en el Ritz. No importaba la pieza que estuviera tocando porque, nada más verme entrar por el hall, la cortaba en seco y se ponía a tocar Esta tarde vi llover, de Armando Manzanero. En algún momento debí decirle que me gustaba esa canción y, durante los años que coincidimos en el hotel, no hubo un solo día que no me saludara de esa forma tan especial.

Aunque llego tarde, gracias, maestro. Descansa en paz, amigo.

(Foto Diario SUR, A. Martín Campos)

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Periodista de larga trayectoria: Antena 3 de Radio, Onda Madrid (RTVM) y la Cadena SER (Radio Madrid), donde estuve 25 años. Premio APM 2013 (Asociación de la Prensa de Madrid) al informador especializado en Madrid. Antena de Plata de Radio (2013 y 2000). En 2020 di el salto al «lado oscuro» de la comunicación política e institucional: Secretaría de Estado de Comunicación, Delegación del Gobierno en Madrid, consejero de Información en el Gabinete de la ministra de Política Territorial y Portavoz del Gobierno y, más tarde, en Vivienda y Agenda Urbana. Bloguero desde 2009 y autor de tres libros: El tamayazo. Crónica de una traición; Hotel Ritz. Un siglo en la historia de Madrid; y de la novela La flor del magnolio. Desde agosto de 2024 −en la «edad del júbilo» ya−, me dedico por completo a la tarea de escribir y a disfrutar del placer de la lectura y el conocimiento.

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