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La corriente estética imperante en Madrid es la de las plazas duras. Parece evidente que el urbanismo tampoco es ajeno a las modas y, en ese contexto, habría que situar las últimas actuaciones municipales. Ocurrió primero en la plaza de Soledad Torres Acosta, la de los cines Luna, y acaba de perpetrarse ahora con la reforma de la Puerta del Sol o la plaza de Callao.
Lo entiendo en Sol, como expresión de gran plaza pública, una especie de Jemaa el Fna castiza, pero sigo sin aceptarlo en Callao, donde pareciera que el único objetivo de la reforma promovida por el equipo de Gallardón era despejar el espacio para mayor gloria de El Corte Inglés. Y no lo digo tan sólo, que también, por la caseta navideña que han montado estos grandes almacenes junto a una minúscula pista de hielo. Visto el resultado, se me antoja demasiado pomposo comparar el Callao navideño con el Rockefeller Center neoyorquino. Los periodistas, cuando nos ponemos estupendos, no hay quien nos gane.
Bueno, a lo que íbamos, que bienvenida la peatonalización de la zona centro, aunque tampoco hubiera estado de más contar con la opinión de los sufridos vecinos. Y por cierto, en mi retina aún permanecen los magníficos ejemplares de parasol chino (firmiana simplex) que se ha llevado por delante la reforma del tramo de la calle Preciados que desemboca en plaza de Santo Domingo. Aquellos robustos y hermosos ejemplares, que al parecer tanto estorbaban a máquinas y operarios, han sido sustituidos por unos palitroques que, tal vez, algún día, darán sombra. Cuando llegue ese momento, es muy posible que el alcalde de turno decida cambiarlos de nuevo para acometer una reforma menos dura.
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