QUERIDO PERRITO:
Si hace un tiempo me hubieran dicho que acabaría escribiéndote una carta, no lo hubiera creído. ¿Una carta a un perro, en serio? Pues sí, qué le vamos a hacer, nadie es perfecto.
En ocasiones, la vida te da sorpresas y esta es una de ellas. Como lo fue tu llegada para acompañar nuestra existencia y hacerla mejor. Una de las (múltiples) cosas que he aprendido contigo y tu forma de recibirme, aunque mi ausencia haya sido de apenas cinco minutos, es que no hay un día malo para quienes tenemos un perro esperándonos.
Algunos dueños de canes tienen emotivas palabras de afecto hacia sus peludos cuando se han visto en el duro trance de perderlos, pero, en mi caso, lo hago hoy aprovechando que este 7 mayo es tu cumple. 4 años ya, que son para celebrar como corresponde. Y aunque no habrá fiesta al uso ni tarta con velas, de regalo tendrás un hermoso hueso a la hora la cena.
Almas peludas
Os «llaman perros, pero en realidad sois almas», como certeramente escribió Fernando Aramburu en un delicioso artículo que guardo como un tesoro. «Alma peluda», sí, según la definición del escritor −en tu caso de pelo corto−, y cuyo texto anhelo compartir con quienes aman a los perros, incluidos aquellos paseantes que nos sonríen y saludan a cada paso. Lo digo por esa capacidad de sociabilizar e interactuar con extraños que desarrollamos quienes tiramos de vuestras correas. Aunque, a decir verdad, es justo al revés: sois vosotros los que tiráis de nosotros, nos lleváis y conducís por donde se os antoja. Y en tu caso, Corcho, con una fuerza y una determinación impropia de alguien tan pequeño.
Glotón, testarudo, consentido, mimoso y agradecido, eres capaz de decirme mucho más con tu rabo comunicativo que algunas de las personas con las que hablo. En ocasiones se suele afirmar que solo os falta hablar, si bien yo opino que no es algo estrictamente necesario: tu forma de mirar y tu comunicación no verbal me resultan de mayor interés que muchas de las conversaciones con humanos.
La felicidad que suministras, obvio es decirlo también, no se transmite tan solo con la palabra. Te gusta más emplear tu lengua rasposilla o tu morro siempre frío y húmedo para reclamar arrumacos en tu lomo acariciable.
Interacción humana
Uno de mis mayores empeños es que consiga hacerme entender cuando me dirijo a ti con palabras como «ven, vamos, sube, acércate, qué quieres o calla». Ahí estamos un poco atascados y, de momento, porque no pierdo la esperanza, el vocablo que mejor entiendes es «a comer». También he aprendido que cuando ladras a la ventana es que quieres salir al balcón o a la calle, y cuando te diriges a la puerta es que alguien está a punto de llegar. Esa capacidad adivinatoria me tiene fascinado. Y luego están esos trayectos interminables con un perrito que tiene que olerlo todo en zigzag y marcar territorio de manera constante, aunque sea con unas gotitas de pis.
Dicen que las personas con perro son más felices −seguro que hay algún estudio científico al respecto−, pero en mi caso doy fe de que es así. Cuando se habla de las otras (muchas) cualidades que os hacen tan queridos, siempre se cita la lealtad a sus dueños, aunque pienso que, en verdad, los auténticos amos sois vosotros. En tu caso, Corchito, no tengo la menor duda de quién manda. Y déjame, puestos a presumir, que también nos jactemos de tu inteligencia, estabilidad emocional, nobleza, sociabilidad y alegría natural.
Cognición canina
Genios. Los perros son más inteligentes de lo que pensamos es algo que han estudiado y escrito Brian Hare y Vanessa Woods (KNS Ediciones). Un texto divulgativo −cuya lectura tengo pendiente−, donde se profundiza en el intelecto canino y no solo se habla de la extraordinaria capacidad para «leer» nuestras emociones, además de interpretar nuestros gestos, campo que tú, Corchito, dominas con aparente facilidad.
Nada diré, en cambio, de tu temeraria valentía para, pese a ser un mico, desafiar a tus colegas de cuatro patas mucho más grandes y bravos que tú. En ocasiones pienso que tienes el ego subido y que vas por la vida como si fueras un pit bull o un dogo, cuando no eres más que un ‘salchicha’. Seguro que, como todos los teckel, te atreves hasta con un fiero jabalí. Hasta ahí llega tu valor de sabueso.
Perros literarios
Me gustaría decirte que algunos de tus congéneres nos han regalado bellas páginas en la literatura universal, donde, ahí también, habéis dejado vuestras huellas.
Desde Argos, el perro de Ulises en la Odisea de Homero; a Cipión y Berganza, con su filosófica voz propia en El coloquio de los perros (Cervantes); o el pequeño y mimado Jip en David Copperfield (Dickens); o Milú el fiel amigo del reportero Tintín (Hergé); u Orfeo en Niebla (Unamuno); o la inolvidable collie Lassie (Eric Knight); pasando por Colmillo Blanco, en el libro del mismo nombre; o Buck en La llamada de la selva, de Jack London.
O el sabueso de los Baskerville (Sherlock Holmes); o el valiente Totó, personaje crucial de El maravilloso mago de Oz (L. Frank Baum); sin olvidar al mastín Fang, acompañante de Harry, Ron y Hermione en algunos pasajes de Harry Potter (J.K. Rowling); o hasta el simpático Perro Paco, célebre callejero del Madrid de finales del siglo XIX, que frecuentaba los mismos cafés que Unamuno y Pío Baroja, y que fue inmortalizado en crónicas periodísticas y canciones. Todos ellos, y tantos más, ficticios o reales, representan esos arquetipos universales que comentábamos antes y sobre los que incidimos: nobleza, fidelidad inquebrantable, instinto, empatía, obediencia (en ocasiones) y amor incondicional.
Despedida
En mi caso, si algún día escribiera una historia inspirada en ti sería la de un personaje con personalidad propia, que no está hecho ni para el frio ni para el calor, tampoco para la lluvia y que es un intrépido explorador. Que adora tumbarse al sol, que más que comer devora, que camina con cierta chulería, y que aguanta (incansable) largas caminatas al ritmo de un campeón con patitas cortas.
«Los perros no mienten sobre lo que sienten, porque no pueden mentir sobre sus emociones. Nadie les ha enseñado a fingir», dejó escrito Mark Twain. Al célebre escritor estadounidense, conocido también por su relación afectiva y profunda con los perros, se le atribuye esta cita con la que me despido mientras te voy buscando el hueso prometido.
Afectuosa, cariñosa y amorosamente tuyo,
F



















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