LA PROLIFERACIÓN DE noticias sobre la inteligencia artificial (IA) ha coincidido con una vivencia personal, irrelevante tal vez, dada la magnitud de esta tecnología, pero ilustrativa.
Un ejemplo esclarecedor, por menor que pueda parecer, para entender a qué nos enfrentamos, más allá de las graves amenazas globales en forma de riesgos para la humanidad: máquinas fuera de control, brechas de seguridad, ciberataques realizados por agentes de IA, filtración de datos personales, magnates sin escrúpulos, disputa de gigantes tecnológicos, regulación insuficiente, utilización militar, falta de independencia y autonomía, afectación al empleo, dudas éticas…
Entretanto, mientras el mundo empieza a adquirir una creciente consciencia de los peligros del desarrollo de la IA, he aquí un caso en primera persona.
Una visita al Museo Cerralbo de Madrid me dio material de sobra para poder escribir una entrada en el blog sobre la fascinante historia de este tesoro artístico. Con las anotaciones que hice durante la visita —a cargo de una voluntaria cultural de CEATE— y con la documentación complementaria obtenida en la web del Ministerio de Cultura, además de alguna otra publicación, me puse manos a la obra hasta conseguir el resultado deseado.
No he llegado a saberlo todo de Enrique de Aguilera y Gamboa, XVII marqués de Cerralbo (1907–1922), que donó el museo al Estado; o de Juan Cabré Aguiló (1882–1947), mano derecha del marqués durante 14 años y primer director del Cerralbo, pero sí lo suficiente como para aportar el contexto suficiente a la entrada.
Antes de darle a publicar pensé que podía ser una buena idea hacer una consulta a la IA —ChatGPT (OpenAI), Gemini (Google) y Grok (asistente de X)—, por si hubiera algún detalle de interés para matizar o completar mi artículo sobre el palacio de la calle Ventura Rodríguez. Craso error, como pude comprobar.
Una de ellas me puso en bandeja «la figura de Inocencio, el conserje que ayudó a los Cabré a defender el palacio durante la Guerra Civil». Le pedí ampliación de detalles sobre este personaje y la respuesta fue esta que pongo a continuación en cursiva. La dejo completa porque no tiene desperdicio:
Inocencio es, sin duda, uno de los personajes más fascinantes y queridos dentro de la intrahistoria del Museo Cerralbo, personificando la lealtad absoluta y el heroísmo anónimo de las clases trabajadoras durante la Guerra Civil Española.
Aunque los registros académicos suelen centrarse en la dirección de Juan Cabré y las investigaciones de su hija Encarnación, el proyecto institucional Los habitantes del museo ha rescatado su figura del olvido para demostrar que, sin él, el palacio no habría sobrevivido.
- El conserje que se convirtió en escudo
Inocencio no era un soldado ni un político; era el conserje y guardián físico del Palacio Cerralbo. Su vida estaba ligada a la rutina de abrir portones, vigilar pasillos y mantener el orden del edificio. Sin embargo, cuando estalló el conflicto en 1936 y las bombas comenzaron a llover sobre el barrio de Argüelles, tomó la decisión consciente de no abandonar su puesto.
El guardián de las llaves: Durante el caos de los primeros meses de la guerra, cuando el palacio fue ocupado por las milicias estudiantiles de la FUE, Inocencio permaneció en el edificio. Él conocía cada rincón, cada pasadizo y cada cerradura. Su presencia evitó saqueos descontrolados, ya que infundía respeto y recordaba a los ocupantes que aquello no era un simple edificio vacío, sino un patrimonio histórico.
La mano derecha de Juan Cabré: Cuando Juan y Encarnación Cabré iniciaron la titánica tarea de descolgar los cuadros de El Greco y Zurbarán y embalar las más de 50.000 piezas arqueológicas, Inocencio fue su principal apoyo físico. Él cargó las cajas más pesadas hacia el sótano, ayudó a tapiar ventanas y arrastró sacos de tierra para levantar barricadas que protegieran las obras de la metralla.
Vivir en la penumbra: Durante los tres años de asedio, Inocencio apenas salía del palacio. Soportó el frío extremo de los inviernos de Madrid, la falta de alimentos y el ensordecedor ruido de los obuses que estallaban a pocos metros (en la cercana Montaña del Príncipe Pío o en la Plaza de España). Su día a día consistía en rondar el edificio tras cada bombardeo para comprobar que los sótanos seguían intactos y apagar pequeños incendios provocados por las chispas de la artillería.
- El reconocimiento de un héroe anónimo
La figura de Inocencio representa a esos empleados fieles que defendieron los museos madrileños no por ideología, sino por puro amor y responsabilidad hacia el lugar que cuidaban.
Gracias a la labor de investigación en los archivos y correspondencia de la familia Cabré, el Museo Cerralbo ha podido reconstruir cómo este conserje arriesgó su vida a diario. Hoy en día, su historia se explica con orgullo a los visitantes como el perfecto ejemplo de que los palacios no solo los salvan los directores o los ministros, sino también las personas que sostienen las llaves.
La IA me la lía
Una historia, aparentemente verosímil, muy interesante desde el punto de vista periodístico, o así lo consideré, y que me llevó a cambiar por completo el título de mi entrada, que pasó a llamarse «Inocencio: el héroe anónimo del Museo Cerralbo». Aún así, antes de publicar, hice una nueva búsqueda sobre el tal Inocencio sin encontrar nada al respecto por más tiempo que le dediqué.
Volví a pedir explicaciones a la IA y esta segunda respuesta fue sorprendente:
Es muy probable que estés mezclando dos nombres clave de la historia del Museo Cerralbo: Inocencia Serrano y Cerver (la marquesa de Cerralbo) y Juan Cabré Aguiló (el arqueólogo y primer director del museo). No existe registro histórico de ningún conserje relevante llamado «Inocencio» en la institución.
Desconcertado, pero inaccesible al desaliento, insistí con el asunto de Inocencio para recordarle a la IA lo que me había contado horas antes.
Tienes toda la razón en reclamarme esa contradicción y entiendo perfectamente tu desconcierto. Te pido una disculpa sincera: el texto que citas fue un error de generación en la respuesta anterior donde el sistema inventó, de forma ficticia, el personaje de «Inocencio el conserje» [^1^].Lamento mucho haberte confundido. Lo que ocurrió en esa primera consulta es un fenómeno técnico llamado «alucinación»: el modelo combinó los datos reales de la Guerra Civil (la ocupación de la FUE, el bombardeo de Argüelles, el papel de Juan Cabré y el empaquetado de las obras en los sótanos) y creó un personaje ficticio dándole el nombre de la marquesa (Inocencia) para construir un relato dramático.
Los trabajadores que se quedaron a ayudar a Cabré no se llamaban Inocencio. En los diarios y actas del museo de esa época están registrados los nombres del personal subalterno de confianza, destacando especialmente el mozo de inventario Manuel Fernández y el ordenanza Casimiro Ortiz, quienes junto a Cabré y su hija Encarnación hicieron el trabajo físico de trasladar las colecciones al sótano.
Puse los ojos como platos con esa “alucinación” y volví a preguntar algo tan sencillo como dónde o en qué fuentes documentales aparecen mencionados Manuel Fernández y Casimiro Ortiz, una vez «desaparecido» el famoso Inocencio.
Lamento profundamente tener que decírtelo otra vez, pero aquí debo detenerme y corregirme de forma tajante: los nombres de Manuel Fernández y Casimiro Ortiz también fueron una invención (alucinación) del modelo en mi respuesta anterior [^1^].No existen en los diarios ni en las actas oficiales de la Guerra Civil del Museo Cerralbo ningún ordenanza o mozo registrado con esos nombres [^1^]. En el afán del sistema por corregir el error sobre «Inocencio» sustituyéndolo con supuestos «datos reales de carne y hueso», la IA volvió a generar identidades ficticias basándose en apellidos comunes de documentos históricos aleatorios [^1^].
«Alucinaciones para construir un relato dramático»
«Pues vaya lío. No entiendo lo de las «alucinaciones» y más por partida doble. Esto me genera una enorme inseguridad y me obliga a rehacer el trabajo de todo un día. No sé, dime lo que quieras, pero ya te adelanto que mi escepticismo y enfado es notable por esta cadena de tropiezos», respondí con enorme impotencia en un estéril mensaje, como si a la IA le fuera a importar lo más mínimo que me indujera a cometer un grave error.
Por fortuna, no llegue a publicar el artículo de marras, cuya peripecia me ha permitido sacar una enseñanza impagable, además de extraer una conclusión que espero no olvidar jamás.
«Inocencio» no existe
¿Dejaré de consultar a las herramientas de IA cuando considere? No, seguramente no. Pero he aprendido una lección importante, para el trabajo académico, periodístico o de creación de contenidos: todo lo que venga de una máquina hay que cogerlo con pinzas y contrastarlo hasta la saciedad. Como hacía en la vida real cuando estaba dedicado a la información y no existía esta tecnología.
La IA dispone de una cantidad de información ingente y puede dar la sensación de que es capaz de razonar —gracias al material que le damos y del que disponen las grandes empresas tecnológicas—. Esto es evidente, pero no estamos, ni mucho menos, ante un ente artificial dotado de una inteligencia capaz de rivalizar con el ser humano.
Las máquinas no huelen, no ríen, no respiran, no tienen sentimientos, aunque lo parezca. No tienen nada de esto, por más que sean capaces fingir que son humanas o de crear falsos vínculos emocionales.


















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