HASTA DONDE ME alcanza la memoria, todas las revoluciones que ha habido a lo largo de la historia han sido violentas. Y han resultado, de una u otra forma, traumáticas. Cualquier levantamiento lo es, en esencia, porque a lo que aspira es a derribar un sistema o un modelo anterior.
En cambio, la creciente ‘rebelión’ que están protagonizando las mujeres en todo el mundo –hay movilizaciones convocadas en 170 países– si por algo se caracteriza es por tratar de conseguir la igualdad real con datos, argumentos y mucha pedagogía. La persuasión también puede ser un arma muy poderosa.
Porque lo que está aconteciendo tiene todo el aspecto de ser una revolución global. Y desde ese punto de vista, tenemos la fortuna de estar asistiendo a un estallido social en toda regla del que, sin duda, se hablará en los libros de historia. De momento, esta vez sí, acapara la atención de todos los medios de comunicación, no en vano estamos hablando de la discriminación de la mitad de la sociedad. Y tampoco está de más en esta jornada insistir en denunciar los estragos de la violencia machista, esa guerra que parece no tener fin mientras las administraciones no consiguen encontrar la forma de frenarla. Y conviene recordar esto también hoy, por mucho que pueda incomodar a algunos, dado que no hay forma más extrema de dominación y desigualdad que la violencia de género.
Las mujeres y los hombres vivimos en un mundo desigual y ya va siendo hora –nunca es tarde para corregir un injusticia histórica– de que las instituciones se apliquen el cuento y actúen en consecuencia. Entre otras cosas porque el nexo que une al movimiento feminista es la conquista de una vida mejor para las mujeres y, de paso, también para los hombres. Erradicar la cultura machista no será fácil ni rápido, pero qué duda cabe que tras este aldabonazo nada podrá ser igual. El reto de las convocantes ahora es forzar la máquina para conseguir en las instituciones lo que en tan justa medida reclaman en los hogares, los centros educativos o de trabajo y, como hoy, en la calle.
La igualdad entre mujeres y hombres es además, conviene recordarlo, un Derecho Fundamental, consagrado en la Constitución Española. El artículo 14 dispone que “los españoles son iguales ante la ley, sin que pueda prevalecer discriminación alguna por razón de nacimiento, raza, sexo, religión, opinión o cualquier otra condición o circunstancia personal o social».
Y no solo eso, el artículo 35.1 también recoge que «todos los españoles tienen el deber de trabajar y el derecho al trabajo , a la libre elección de profesión u oficio, a la promoción a través del trabajo y a una remuneración suficiente para satisfacer sus necesidades y las de su familia, sin que en ningún caso pueda hacerse discriminación por razón de sexo».
Claro, que una cosa es esa solemne declaración teórica, inobjetable, y otra bien distinta la realidad de nuestro acontecer diario. Las leyes están bien, pero no son suficientes. No, mientras no cambien ciertas estructuras mentales.
Claro, que una cosa es esa solemne declaración teórica, inobjetable, y otra bien distinta la realidad de nuestro acontecer diario. Las leyes están bien, pero no son suficientes. No, mientras no cambien ciertas estructuras mentales.
El feminismo, tan necesario en todos los órdenes de la vida, se ha convertido igualmente en una forma de mejorar el periodismo. No es casualidad que más de 7.400 compañeras hayan estampado su firma en el manifiesto para denunciar discriminación de género que sufren. Como informador, me he sentido especialmente orgulloso de la determinación que están demostrando las periodistas, cuya situación es similar al resto de sectores.
Paros parciales, huelga de cuidados, laboral, estudiantil o de consumo… nada será igual a partir de mañana. La histórica jornada que se aguarda en este 8M debe ser el punto de partida para que la igualdad real se extienda, como esta marea violeta, en la vida cotidiana hasta el último rincón de la sociedad. Ser cómplices de sus demandas es el único camino para construir una sociedad igualitaria. Y para acordarse también de todas aquellas, mujeres invisibles que, como dijimos en alguna otra ocasión, nunca han tenido nada que celebrar en este Día Internacional de la Mujer.
Aquellas que quieran hacer “huelga a la japonesa trabajando más”, que la hagan; otras en cambio —según he leído en una certera viñeta estos días— como “a la japonesa” ya lo intentan cada día y no funciona, este jueves se van a quitar los kimonos y van a parar. Estamos, qué duda cabe, ante una movilización transversal y las mujeres están recordando estos días que aquí no hay siglas que valgan. Esto no va de ideología, aunque cada una pueda tener la suya, sino de injusticia.
El feminismo está cambiando España y esta revolución, que se fraguó en silencio, entona ya un ensordecedor grito que nos interpela a todos. Singularmente a los hombres. Es de justicia que sea así. ¡Basta ya de machismo y desigualdad!