DUELE, TODAVÍA HOY, una semana después, escribir sobre los efectos de la DANA. Singularmente en la provincia de Valencia, epicentro de la devastación, con más de 200 personas fallecidas y 845.000 afectados en 65 municipios; también en el pueblo albaceteño de Letur, en una zona no tan recurrentemente vulnerable como la valenciana, pero igualmente devastado.
Y, si duele escribir sobre las consecuencias de esta apocalipsis, no quiero ni pensar lo que estarán pasando, y pasarán todavía durante mucho tiempo, los directamente afectados. Su angustiosa situación, el inenarrable dolor por las pérdidas humanas y materiales, merecen toda nuestra solidaridad y afecto, ahora y cuando el foco de los medios se vaya apagando.
Rabia e indignación
El malestar, la rabia y la indignación de los damnificados es perfectamente comprensible. Los vecinos de Paiporta estaban en su derecho de aprovechar la visita de los Reyes, el presidente del Gobierno y el de la Comunitat Valenciana para expresar sus quejas, sin necesidad de ningún estallido de violencia verbal o física, que en nada ayuda. Lo han perdido todo, y han perdido a muchos de los suyos en unas circunstancias tal vez evitables. Cualquiera de nosotros, en estas mismas circunstancias, tendríamos ese mismo sentimiento, una mezcla de frustración e impotencia, por no sentirse asistidos con la eficacia y rapidez que demandan. Todo esto, repito, es comprensible y digno de consideración. Cualquier cosa que digamos será insuficiente para aliviar su duelo.
Populismo
Otra cosa es que haya, como los hay, elementos emboscados en las redes sociales o, más allá de lo digital, en sus estrategias populistas, capaces de aprovecharse de su dolor para ventilar cuestiones de tipo partidista o alentar proclamas antisistema. Sin duda, mal que nos pese, el fin último de estos grupos es desestabilizar el sistema, zarandear al Estado de derecho, echarle un pulso, y, en última instancia, acabar con la democracia. Es fuerte, suena duro, pero no tengo la más mínima duda de que ese es su objetivo. Así lo vienen proclamando, sin ambages, desde hace tiempo, favorecidos por una aparente impunidad cuyo caldo de cultivo es una vida pública degradada hasta límites insospechados. Y, para colmo de males, con la interlocución rota entre los grupos políticos, abonados, con más frecuencia de la deseable, al tacticismo y no a al interés general.
Radicales
La tragedia valenciana por la DANA es, además, la excusa inmejorable que ha encontrado la extrema derecha −ultras, neonazis y ‘desokupas’− para socavar las instituciones democráticas y proseguir en su incansable tarea de deshumanizar al adversario y criminalizarlo. «Su hábitat natural es el caos», dijo en la SER Anna López, doctora en Ciencias Políticas y profesora de la Universidad de Valencia, para explicar el modus operandi de la extrema derecha, de sus agitadores y propagandistas.
Desinformación, bulos y posverdad
Y, todo ello, alentado por la industria del bulo, un asunto perturbador, además de escalofriante, como hemos escrito en alguna ocasión. El lodazal que irrumpió desde la rambla del Poyo y los desbordados cauces del Magro, el Turia y el Júcar en la peor gota fría del siglo en España, de cuyas terribles consecuencias tanto costará recuperarse, también nos trajo un reguero de mentiras. Bulos esparcidos por auténticos profesionales de las fake news, convenientemente amplificadas por pseudomedios y pseudoperiodistas, cuando no creadas directamente por ellos. La industria del bulo crece a medida que aumentan los titulares engañosos o falsos, que a su vez generan visitas y publicidad. Pero, con ser grave, no estamos tan solo ante un interés comercial, que también.
Hay un innegable interés ideológico por parte de quienes se han conjurado para, entre otras cosas, crear caos y hacer que desconfiemos de todo y de todos. La desinformación daña, actúa con impunidad y crece a una velocidad de vértigo sin los controles de los medios de calidad, mientras los hechos, los datos y la verdad han dejado de ser importantes. Generadores de odio, conspiranoicos, influencers y bots campan a sus anchas en la jungla de Internet, cuando no en los medios tradicionales, sin consecuencias ni control. Me gustaría pensar que, afortunadamente, «siempre nos quedará el buen periodismo», pero en este momento tampoco estoy convencido.
Sarta de mentiras
Algunos medios han recopilado esta sarta de mentiras: Ni había miles de cadáveres en el parking del centro comercial Bonaire, en Aldaia, ni el Gobierno ha demolido cuatro pantanos, ni el radar de la Aemet en Valencia dejó de funcionar, ni el 112 se colapsó, ni los equipos de rescate recuperaron decenas de cadáveres en el túnel entre Alfafar-Benetússer, ni el Ayuntamiento de Picanya multó a los vehículos de los voluntarios, ni una enorme fila de coches policiales era la escolta de los Reyes y de Pedro Sánchez entrando en Valencia, ni la DANA es consecuencia de un ataque meteorológico.
Servicios de verificación como Maldita, Verificat, RTVE o la agencia EFE se han ocupado igualmente de esta narrativa desinformadora que va desde falsas alertas hasta noticias y vídeos descontextualizados o directamente falsos. A río revuelto, ya se sabe también, “ganancia de ciberdelincuentes”, como han escrito Ángel Gómez de Ágreda y Juan Miguel Aguado Terrón en El Periódico.
Desinformación, en definitiva, para atemorizar todavía más a la población en unas circunstancias tan difíciles. Algunos de los autores están identificados por el rastro que dejan en las redes, pero no han tenido a bien rectificar o disculparse. Total, para qué, pensarán. No en vano, sus esfuerzos están centrados 24/7 en seguir fabulando, inventando y socavando la democracia. Cómo será la cosa, hasta qué punto hemos llegado, que hasta el propio Rey destacó en su accidentada visita a Paiporta la presencia de “intoxicación informativa interesada para que haya caos”.
Servidores públicos y voluntarios
Son días para huir de las simplificaciones y confiar en las fuentes oficiales. También para destacar el abnegado trabajo de nuestros servidores públicos: militares, policías nacionales y locales, guardias civiles, bomberos, médicos, personal de enfermería, forenses y meteorólogos, además de los funcionarios de todas las administraciones.
Y, junto a ellos, los miles de voluntarios pertrechados con víveres de primera necesidad, palas, bolsas y carritos, cuyas marchas de solidaridad nos han emocionado y reconciliado con lo mejor de la condición humana en una tragedia con tantas historias para olvidar. Voluntarios, muchos de ellos jóvenes, que nos han dado una lección de fraternal generosidad.
Héroes anónimos, con y sin uniforme, cuyo callado trabajo merece toda nuestra gratitud, reconocimiento y admiración. Cuando se habla de “orgullo de país”, algunos pensamos en estos servidores públicos y voluntarios como el mejor espejo en el que mirarnos.
El Estado siempre está
Aun así, es normal que la exasperante gestión de esta crisis haya generado desafección entre la ciudadanía, pero no es menos cierto que las administraciones disponen de recursos, más allá de la disputa competencial que la gente no entiende, ni tiene por qué, para garantizar el completo restablecimiento de la normalidad. En el bien entendido de que ni las vidas perdidas son recuperables ni los proyectos de vida truncados podrán volver a levantarse.
Es evidente que ha habido errores, pero el Estado también ha salvado muchas vidas y sigue trabajando incansablemente para llevar ayuda y consuelo a las víctimas. Lamentablemente no puede haber ni un militar ni un bombero en cada casa para atender al instante todas y cada una de las incidencias. Pero no es lo mismo cometer errores que bajar los brazos, y eso no ha ocurrido por más que se empeñen quienes alientan discursos de odio.
En los altercados de Paiporta, ni Felipe VI fue un héroe, como pretenden aquellos que se han parapetado bajo su regia presencia para cargar y zaherir al contrario; ni Pedro Sánchez fue un villano, o una “cobarde rata miserable”, como ha llegado a decir un contertulio de Telemadrid. Tan sesuda reflexión parece ser el nivel de quienes, en el legítimo derecho que les asiste de criticar todo lo que sea menester, faltaría más, utilizan los medios, incluso públicos, para evidenciar sus fobias ideológicas o dar rienda suelta a sus inquinas personales. En este blog somos muy poco partidarios de ensuciar la vida pública con insultos, vayan dirigidos hacia Pablo Iglesias o contra Isabel Díaz Ayuso. En circunstancias bien distintas, sobre la miseria moral ya hemos escrito en alguna otra ocasión, porque no todo vale.
Lecciones
La principal lección que nos deja esta catástrofe es que hay que mejorar los sistemas de Protección Civil. Los avisos y actuaciones de las emergencias necesitan repensarse con el fin de que todo el mundo tenga claro lo que tiene que hacer, más allá de las complejidades del sistema autonómico. Necesitamos fortalecer y agilizar los mecanismos de respuesta para evitar que la descoordinación, inevitable al principio, derive en caos y genere la desconfianza que tanto anhelan los populistas de turno.
No, definitivamente, ni “solo el pueblo salva al pueblo” ni España es un Estado fallido.
(Foto: AP Photo/Alberto Saiz)



















0 comentarios