EL NIVEL DEL debate público ha llegado a tal punto de degradación en España que no hay cuestión, del tipo que sea, que no derive en una maleducada disputa. En las redes sociales, en primer lugar, pero no solo.
La llamada guerra cultural, junto a la extrema polarización de la sociedad, alentada por los emisores políticos y mediáticos, han hecho que las voces moderadas hayan perdido poder e influencia. La consecuencia es que casi todo el protagonismo es para los discursos de odio, la desinformación y el adoctrinamiento partidario.
El último en enseñar la patita de la zafiedad ha sido Fernando Savater (San Sebastián, 1947) −el ‘filósofo de le ética’, sí−, quien se ha referido a la cómica Laura Yustres, más conocida como Lalachus (Fuenlabrada, 1990), como la “tía gorda esa”.
Sin hacer referencia a su nombre, el escritor se despachó de esta guisa en su última columna de opinión en The Objective utilizando un innecesario tono despectivo y machista sobre el aspecto físico de la colaboradora de La Revuelta.
A la presentadora ya la habían colocado en el punto de mira determinados sectores y medios tras la muy ruidosa, aunque artificial, polémica por mostrar una estampita con el Sagrado Corazón de Jesús en una imagen de la vaquilla del Grand Prix durante la retransmisión de las Campanadas de fin de año en TVE junto a David Broncano. La anunciada supresión del decimonónico y desfasado delito contra los sentimientos religiosos del Código Penal −comprometida por el Gobierno−, y la utilización que de este asunto hacen asociaciones ultras como Hazte Oír o Abogados Cristianos, con sus denuncias y querellas abocadas al archivo, bien podría dar para otra entrada.
En todo caso, lo peor no es la gordofobia que destila el comentario del escritor e intelectual −otrora seguidor de UPyD y de Ciudadanos, antes de recalar en el PP−, sino la capacidad para que una gran mente pensante haya mutado en un estilo tan zafio. La evolución ideológica no tiene por qué estar reñida con las buenas formas y el decoro.
En este blog somos muy partidarios de la libertad de expresión, también en las redes sociales, pero detestamos los insultos, las faltas de respeto y la miseria moral de determinados exabruptos, que tanto contribuyen a enardecer los más bajos instintos de la sociedad. De una ciudadanía, en definitiva, no demasiado sobrada de referentes, y Savater lo fue en su día para toda una generación.
La filosofía como actividad de crítica permanente también puede ser una disciplina loable cuando deviene en iconoclasta y provocadora, por qué no. En La tarea del héroe (1981), el propio Savater dejó escrito: «He sido un revolucionario sin ira; espero ser un conservador sin vileza». Llamar «tía gorda» a una presentadora con la que no comulgas está más cerca del envilecimiento que del respeto al diferente que se presupone en un influyente pensador.



















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